viernes, 10 de febrero de 2012


Entrevista a Julio Verne
 por Robert H. Sherard



Publicada en McClure's Magazine, en enero de 1894


Julio Verne en casa. Su propia narración de su vida y su obra "El gran pesar de mi vida ha sido el hecho de que nunca he tenido lugar alguno en la literatura francesa."
El hombre decía estas palabras al tiempo que su cabeza se inclinaba, y una gran tristeza parecía asomar en la alegre y cordial voz.
"No he tenido lugar alguno en la literatura francesa" - repitió. ¿Quién era aquel que hablaba así, con la cabeza gacha y con tono de tristeza en su alegre voz? ¿Algún escritor de folletines baratos pero populares para la prensa, algún hombre de letras que nunca ha tenido escrúpulo en declarar que él se ha ganado su vida con su pluma como instrumento y que siempre ha preferido el dinero en efectivo de la Sociedad Francesa de Letras a la gloria y el honor? No. Extraño, monstruoso, así parece ser, pero nuestro hombre no es otro que Julio Verne. Sí, Julio Verne, el Julio Verne, su Julio Verne y el mío también, aquel que nos ha deleitado a todos alrededor del mundo durante tantos años y que seguirá encantando a muchos durante generaciones y las generaciones por venir.
Fue en la habitación de descanso de la Sociedad Industrial de Amiens que el maestro me dijo estas palabras. Nunca olvidaré el tono de tristeza con las que las dijo. Era como la confesión de una vida sin sentido, el suspiro de un viejo hombre que nunca puede volver hacia atrás. Me causó un dolor tan profundo oírlo hablar de aquella manera y todo lo que pude hacer fue decirle, con verdadero entusiasmo, que él era para mí y para millones como yo, un gran maestro, la persona que tanto admiramos y respetamos, el novelista que nos deleitó a muchos de nosotros, mucho más de lo que lo hubiera hecho cualquier novelista que hubiera tomado alguna vez una pluma en la mano. Pero él sólo se limitaba a agitar su cabellera gris y decir: "No cuento para nada en la literatura francesa". Sesenta y seis años, y todavía se mantiene fuerte de espíritu, muchos rasgos de su cara me hacen recordar a Víctor Hugo; como un viejo capitán de mar, rojo de cara y lleno de vida. Un párpado ha comenzado a caer ligeramente, pero la mirada se mantiene firme y clara. De su persona emana un aroma de bondad interior y de corazón. Estas han sido las características del hombre, del cual Hector Malot (1) dijo, algunos años atrás, que era el mejor de los compañeros; del hombre al cual el frío y reservado Alejandro Dumas quería como a un hermano; del hombre que no tiene ni ha tenido nunca, a pesar de su gran éxito, un enemigo real. Desafortunadamente, su salud le preocupa. Últimamente sus ojos se han debilitado, y por momentos él se siente incapaz de guiar su pluma y hay algunos días en los cuales la gastralgia lo martiriza. Pero él sigue tan valiente como siempre.
"He escrito sesenta y seis volúmenes" - dijo -, " y si Dios me concede vida llegaré a ochenta."
Julio Verne vive en el Bulevar Longueville, en Amiens, en la esquina de Rue Charles Dubois, en una espaciosa casa que él alquila. Es una casa de tres pisos, con tres filas de cinco ventanas que abren hacia el bulevar, tres ventanas en la esquina, y tres más que tienen su ubicación hacia la Rue Charles Dubois. La otra entrada está en esta calle. Desde las ventanas que dan hacia el bulevar se puede tener una vista muy pintoresca del pueblo de Amiens con su vieja catedral y otros edificios medievales. Justo delante de la casa y al otro lado del bulevar hay un pedazo de vía férrea, la cual -estando exactamente en la dirección opuesta a la ventana del estudio de Verne-, desaparece en un lugar de la calle, donde hay una gran plaza, en la que la banda del regimiento toca cada vez que el tiempo se lo permite. Esta combinación le sugiere a mi pensamiento un emblema del trabajo del gran escritor: el tranvía acercándose, con el rugido y el estrépito de lo ultramoderno y el romance de la música. Y, ¿no es ésta combinación de la ciencia y el industrialismo las que hacen que sean elementos más románticos en la vida real que en las novelas de Verne, donde poseen una originalidad que no puede encontrarse en los trabajos de ningún otro escritor vivo, incluso ni en aquellos que sí tienen un lugar dentro de la literatura francesa?

La residencia del novelista
Una alta pared bordea la Rue Charles Dubois y esconde el patio y el jardín de la casa de la vista del transeúnte. Una vez que uno llama a la puerta ubicada en la pequeña entrada lateral, la puerta es abierta e inmediatamente uno se encuentra en un patio pavimentado. En la dirección opuesta se encuentran la cocina y las oficinas; a la izquierda un agradable jardín repleto de árboles y a la derecha de la casa una larga fila de anchos pasos se extienden a lo largo del camino. Un acogedor lugar lleno de flores y palmas forman el vestíbulo. Atravesando éste el visitante entra en la sala, la cual está ricamente amueblada con mármoles y bronces, bellas figuras colgantes y las más cómodas butacas. Era la típica habitación de un hombre común, sin ningún rasgo característico en específico. Parece una habitación poco usada; esto se debe al hecho de que los señores Verne son personas muy simples, que no les importa mostrar su riqueza, sino disfrutar de tranquilidad y comodidad. El comedor, que era la habitación inmediata solo se usaba en caso de cenas especiales o cuando la familia celebraba una fiesta. El novelista y su esposa realmente comen en una pequeña habitación que está al lado de la cocina. Desde que el visitante entra al patio puede divisar en la esquina lejana de la casa una alta torre y la escalera en forma de espiral que termina en las habitaciones del piso superior de la torre. Al llegar a la cima de la escalera llegamos a los lugares de dominio privado del señor Verne. Luego de llegar aquí encontramos un pasillo con alfombras de color rojo, al igual que la escalera. A lo largo del mismo se divisan varios mapas y al final, en una esquina, se encuentra una pequeña habitación, la cual está amueblada con la armadura de una cama. Junto a un pequeño balcón se encuentra una pequeña mesa donde se puede ver una gran cantidad de papel manuscrito delicadamente cortado. Sobre el manto que cubre la pequeña chimenea se encuentran dos estatuas, una de Moliere y la otra de Shakespeare y sobre éstas un cuadro pintado con acuarela, que representa la entrada de un yate a la bahía de Nápoles. Es ésta la habitación en la que Verne trabaja. El cuarto contiguo está reservado para varios estantes llenos de libros que van desde el techo hasta la alfombra.
Al hablar sobre sus métodos de trabajo Verne dijo: "Me despierto todas las mañanas poco antes de las cinco - quizás un poco más tarde en la temporada invernal -, y a las cinco ya me encuentro en mi escritorio y permanezco trabajando hasta las once. Trabajo muy despacio y con gran cuidado, escribiendo y volviendo a escribir hasta que cada oración tome la forma que yo deseo. Siempre tengo, al menos, en mi mente las ideas de hasta diez novelas paralelas, siempre estoy pensando en nuevas historias. De esta forma, si trabajo con perseverancia, no tendré dificultad en completar las ochenta novelas de las cuales le hablé. Pero es en las correcciones donde invierto la mayor parte del tiempo. Nunca estoy satisfecho cuando he hecho menos de siete u ocho revisiones y las corrijo una y otra vez, hasta que se pueda decir que la última corrección tiene pocos rastros de lo que una vez fue el manuscrito original. Esto significa un gran sacrificio, tanto desde el punto de vista monetario como de tiempo. No obstante, siempre he intentado hacer todo lo que esté a mi alcance para respetar la forma y el estilo, aún cuando las personas nunca me han hecho justicia en lo que respecta a esta consideración."
Entramos juntos en la habitación de la Sociedad Industrial. Al entrar Verne me señaló hacia un pila de hojas. "La sexta corrección" -dijo-. Luego me mostró un gran manuscrito que miré con gran interés, "esto es..." -dijo el novelista, con su genial sonrisa-, " ... es sólo un informe que voy a enviar al Consejo Municipal de Amiens, del cual soy miembro. Yo muestro gran interés por los asuntos del pueblo."
Le había pedido al señor Verne que me contara de su vida y su trabajo. Él me dijo que me diría cosas que nunca antes había dicho. Mi primera pregunta fue sobre su juventud y su casa natal y esto fue lo que me dijo:
"Nací en Nantes el 8 de febrero de 1828, de manera que en estos momentos tengo sesenta y seis años. Debe ser mejor que se me pregunte por mis impresiones de la vejez y no por los recuerdos de mi niñez. Éramos una familia muy feliz. Nuestro padre, que fue un hombre admirable, era parisiense de nacimiento, o más bien, de educación. Realmente él nació en Brie, pero fue educado en París, donde cursó sus estudios universitarios y se graduó como abogado. Mi madre era bretona, de la ciudad de Morlaix, de manera que por mis venas corre una mezcla de sangre bretona y parisiense."
Estos elementos son interesantes desde el punto de vista psicológico y ayuda a las personas a entender el carácter de Julio Verne que lleva en su interior la alegría de la vida de un frecuentador de bulevares parisienses. Claretie escribió sobre esto: Él es igual a esas personas que suelen frecuentar los bulevares de París. Tiene ese carácter desde la punta de los dedos hasta las de los pies. Verne además ama la soledad, la religiosidad y adora el mar, los cuales son rasgos que heredó de la parte bretona.
"Tuve una juventud muy feliz. Mi padre era abogado en Nantes y estaba en posesión de una buena fortuna. Él era un hombre de cultura y de un gran sabor literario. Él escribía canciones en la época en que aún en Francia se escribían; esto fue en los años desde el 1830 hasta el 1840. Pero él era un hombre que no tenía ambiciones y aunque podría haberse distinguido en el campo de las Letras -si así lo hubiera querido-, evitaba todo tipo de publicidad. Sus canciones se cantaban dentro del ámbito familiar. Muy pocas de ellas fueron impresas. Puedo comentarle que ninguno de nosotros ha sido ambicioso; hemos intentado disfrutar nuestras vidas y hacer nuestro trabajo lo más tranquilamente posible. Mi padre murió en 1871 a la edad de setenta y tres. Él podría haber dicho Tenía dos años cuando el siglo nació, en honor al comentario del famoso Víctor Hugo sobre la fecha de su nacimiento. Mi madre murió en 1885, dejando treinta y dos nietos y si contamos a los primos y primos hermanos, en total serían noventa y siete descendientes. Todos nosotros aún vivimos, es decir, la muerte no nos ha llevado a ninguno de los cinco. Somos dos varones y tres hembras y todos estamos vivos en estos momentos. Los hombres y las mujeres de Bretaña son de constitución sólida. Mi hermano Paul era y es mi más estimado amigo. Sí, realmente puedo decir que él no sólo es mi hermano, sino que es, además, mi amigo más íntimo. Y nuestra amistad comenzó desde el primer día que puedo recordar. ¡Qué excursiones tan maravillosas solíamos hacer montados en botes remendados a través del Loira! Cuando tenía quince años no había un sólo rincón o lugar del Loira que no hayamos explorado. ¡Qué embarcaciones más peligrosas eran aquellas y que riesgos corríamos! A veces yo era el capitán, en otras ocasiones era Paul. Pero Paul era el mejor de los dos. Conoce usted que, después que se alistó en la marina, él se podría haber convertido en un funcionario muy distinguido. Pero no hubiera sido un Verne. O sea, quiero decirle, él no tenía ambiciones."
"Empecé a escribir cuando tenía doce años. Escribía entonces poesía, y los poemas no eran muy buenos. Aún recuerdo una que compuse para el cumpleaños de mi padre. Fue recibida muy bien, incluso, fui felicitado y me sentía bastante orgulloso. Recuerdo que por esa época yo solía pasar un gran tiempo ocupado con mis escrituras, copiando y corrigiendo. Nunca llegaba a sentirme satisfecho con lo que había hecho."
"Supongo que unos pueden ver en mi amor por la aventura y por el mar lo que sería el giro que tomaría mi mente unos años más tarde. Ciertamente, el método de trabajo que yo tenía se me ha afianzado desde entonces y ha permanecido conmigo durante toda mi vida. No creo que haya hecho en alguna ocasión algún trabajo descuidado."
"No, no puedo decir que fui particularmente atrapado por la Ciencia. De hecho, nunca he estudiado Ciencias. Pero en la época en que era un muchacho adoraba ver como trabajaban las máquinas. Mi padre tenía una finca en Chantenay, una ciudad situada cerca del Loira. Cerca del lugar se encontraba la fábrica de máquinas gubernamentales de Indret. En ninguna de mis estancias en Chantenay dejé de visitar la fábrica. Allí, me quedaba de pie horas y horas observando como las máquinas hacían su trabajo. Esta característica ha seguido conmigo por el resto de mi vida. Aún hoy, siento tanto placer en mirar como trabaja la máquina de vapor de una locomotora como en contemplar un cuadro pintado por Raphael o Correggio. Mi interés en las industrias humanas siempre ha sido un marcado rasgo de mi carácter, tan marcado, de hecho, como mi amor por la Literatura -de la que hablaré en unos momentos- y mi deleite por las bellas artes que me han llevado a visitar cada museo y galería de alguna importancia en Europa. La fábrica de Indret, las excursiones en el Loira y mi intento de escribir versos fueron las tres grandes pasiones y ocupaciones de mi juventud."

Cómo fue educado
"Fui educado en el liceo de Nantes, donde permanecí hasta que concluí con mis clases de Retórica. Luego, fui enviado a París con el objetivo de estudiar Leyes. Mi estudio favorito siempre ha sido la Geografía, pero en la época en que estuve en París fui completamente atrapado por los proyectos literarios. Estaba bajo la gran influencia de Víctor Hugo, de hecho, me encontraba muy excitado leyendo y volviendo a leer sus trabajos. Por aquel entonces, si me lo 0preguntaban, quizás podría haber recitado páginas enteras de Nuestra señora de París. Pero fue su trabajo dramático el que más influyó sobre mí y fue, bajo esta influencia, que a los diecisiete años comencé a escribir varias tragedias y comedias, por no mencionar novelas. De esta forma, escribí una tragedia en verso en cinco actos titulada Alejandro VI, la cual era la tragedia de el papa de Borgia. Otra de las tragedias en cinco actos y en verso que escribí por esa época fue La conspiración de la pólvora, con Guy Fawkes como héroe. Un drama bajo Luis XV, fue otra de las tragedias en versos, y en cuanto a las comedias existía una en cinco actos y en verso llamada Los felices del día. Todo este trabajo fue realizado con el mayor cuidado y con la constante preocupación de que el estilo me pareciera el correcto. Siempre he cuidado mucho el estilo, pero las personas nunca me han dado crédito por eso."
"Llegué a París a estudiar en la época en que abundaban aquellas jóvenes de origen latino que se erigieron en una clase trabajadora. No puedo decir que frecuentaba las habitaciones de muchos de mis compañeros de estudio. Es conocido que nosotros, los bretones, somos personas que gustan de no hacer muchas nuevas amistades. Casi todos mis amigos eran viejos compañeros de escuela de Nantes, los cuales habían tenido la oportunidad de llegar a la Universidad de París al igual que yo. Mis amigos eran casi todos músicos, y en ese periodo de mi vida yo era músico también. Yo entendía armonía y creo, ahora puedo decirle, que si hubiera elegido la carrera musical podría haber tenido muchas menos dificultades que muchos otros para tener éxito. Víctor Masse era un estudiante amigo mío y también lo era Delibes, con quien llegué a entablar una íntima relación. Solíamos tratarnos de tú, el uno al otro. Estas fueron algunos de las personas con las que tuve cierta amistad cuando estaba en París. Entre mis amigos bretones se encontraba Aristide Hignard, un músico, que aunque había ganado el segundo Prix de Roma, pero que nunca llegó a tener el éxito esperado. Solíamos trabajar juntos. Yo escribía la letra y él, la música. De esa manera, produjimos una o dos operetas, las cuales fueron escenificadas, y algunas canciones."
"Una de estas canciones se titulaba Los Gavieros. Solía ser cantada por el barítono Charles Bataille, quien era muy popular por aquella época. El coro según recuerdo era algo así como:"
Alerta,
Alerta, muchachos, alerta,
El cielo es azul, el mar es verde,
Alerta, alerta
"Otro de los amigos que conocí siendo estudiante y que ha continuado siendo mi amigo desde entonces es Leroy, el diputado actual de la ciudad de Morbihan . Pero el amigo a quien le debo la deuda más profunda de gratitud y afecto es Alejandro Dumas, el hijo, el cual conocí a la edad de veintiuno. Nosotros nos hicimos amigos casi al instante. Él fue el primero en animarme. Pudiera decirse que él fue mi primer protector. No nos hemos encontrado desde hace un buen tiempo atrás, pero mientras yo viva, nunca me olvidaré de su bondad ni tampoco la deuda que le debo. Él me presentó a su padre; él trabajó junto a mí en colaboración. Juntos escribimos una obra llamada Las pajas rotas, la cual fue escenificada en el teatro parisiense Gymnase, además de una comedia en tres actos que titulamos Once días de asedio, la cual fue puesta en escena en el Teatro Vaudeville. En aquel entonces yo vivía en una pequeña pensión mantenido por mi padre, y fue entonces cuando comencé a tener los sueños de riqueza que me llevaron a una o dos especulaciones en la Bolsa. En realidad esto no convirtió en realidad mis sueños. Sin embargo, extraje algún beneficio de mis constantes visitas a la Bolsa. Fue ahí donde llegué a conocer los secretos del comercio y la fiebre de los negocios, las cuales he descrito y usado a menudo en mis novelas."
"Al mismo tiempo que especulaba en la Bolsa, colaboraba con Hignard en operetas y canciones, con Alejandro Dumas en comedias; también escribí cuentos que fueron apareciendo en algunas revistas. Mi primer trabajo apareció en la revista Museé des familles, donde podrá encontrar una historia mía sobre un hombre que no estaba en sus cabales y el cual iba dirigiendo un globo. Este fue el primer indicio sobre el estilo de novela que posteriormente seguí. Por aquellos años era secretario del Teatro Lírico y luego, secretario del señor Perrin. Adoro el teatro y todo lo que esté conectado a él y el trabajo que más he disfrutado ha sido, sin duda, el de haber escrito obras para la escena."

El principio del éxito literario
"Tenía veinticinco años cuando escribí mi primera novela científica. Se tituló Cinco semanas en globo. Fue publicada por Hetzel en 1861 e inmediatamente se convirtió en un gran éxito."
Al llegar a este punto de la conversación interrumpí a Verne y le dije: "Quiero que me diga cómo escribió la novela y por qué, y qué preparación tenía para hacerla. ¿Tenía conocimiento de como se viajaba en un globo o había tenido alguna experiencia propia?"
"Ninguna" -contestó Verne-, "escribí Cinco semanas en globo, no pensando en una historia sobre como viajar en globo, sino en una historia sobre África. Siempre he estado muy interesado en la Geografía y los viajes y con la novela quise dar una descripción romántica de África. De manera tal que no había otra forma de llevar a mis viajeros hacia África a no ser en un globo, y esta es la respuesta de por qué es introducido un globo en la historia. En ese momento nunca había hecho un ascenso en globo. De hecho, sólo he viajado en globo en una ocasión en mi vida. Fue en Amiens, mucho después de que mi novela fuese publicada. La travesía se verificó en tres cuartos de hora, debido a que tuvimos un problema al subir. Godard, el aeronauta, estaba besando a su pequeño hijo al tiempo que el globo comenzaba a elevarse; de manera que tuvimos que llevar al chico con nosotros. El globo estaba tan pesado que no pudo ir muy lejos. Viajamos hasta Longeau, una ciudad por la que usted pasó antes de llegar aquí. Puedo decirle que tanto en el momento en que escribí la novela como ahora, no tengo fe en la posibilidad de dirigir globos, a excepción de que se estuviera en una atmósfera completamente estancada como, por ejemplo, en esta habitación. ¿De qué manera se puede construir un globo que logre enfrentar corrientes de seis, siete u ocho metros por segundo? Es sólo un sueño, aunque creo que si la pregunta alguna vez fuera resuelta esta sería con una máquina que fuera más pesada que el aire, siguiendo el principio del pájaro que puede volar aun cuando es más pesado que el aire."

¿Entonces usted no tenía ningún estudio científico en que basarse?
"Ninguno. Puedo decirle que nunca he estudiado Ciencias, aunque gracias a mi hábito de leer he podido adquirir conocimientos que me han sido útiles. Soy un gran lector y cada ocasión que leo lo hago con un lápiz en la mano. Siempre llevo un cuaderno conmigo e inmediatamente apunto, tal y como lo hacía Dickens, algo que me interese o que pueda ser de posible uso en mis libros. Vengo aquí todos los días después de almuerzo y de inmediato me dispongo a trabajar. Leo hasta quince publicaciones distintas, siempre las mismas quince, y puedo decirle que son muy pocos los artículos que aparecen en ellas que escapan a mi atención. Cuando veo algo de interés lo escribo en mi cuaderno. Leo publicaciones tales como Revue Bleue, Revue Rose, Revue des deux mondes, Cosmo, La nature de Tissandier y L'astronomie de Flammraion. También leo los boletines de las sociedades científicas, sobre todo aquellos de la Sociedad Geográfica. Debo significar que la Geografía es mi pasión y mi estudio. En mi biblioteca personal se encuentran todos los trabajos de Elisée Reclus -por el cual siento gran admiración-, y todos los de Arago. He leído una y otra vez, debido a que soy un lector muy cuidadoso, la conocida colección Le tour du monde, la cual es una serie de historias donde se describen viajes a diferentes partes del universo. Poseo miles de notas actualizadas sobre diferentes temas. En estos momentos cuento con veinte mil notas que pueden ser revertidas en mi trabajo, pues hasta los días de hoy no han sido usadas. Algunas de estas notas fueron tomadas en conversaciones. Me gusta oír hablar a las personas, sobre todo a aquellas que me proveen de información sobre tópicos que conocen."

¿Cómo ha podido hacer lo que ha hecho sin estudio científico alguno?
"He tenido la buena fortuna de venir al mundo en una época donde existen diccionarios de todo tipo. Si deseo buscar alguna información, todo cuanto tengo que hacer es localizarla en mi diccionario. Por supuesto, en mis horas de lectura también recopilo una gran cantidad de información. Como le dije anteriormente muchas ideas siempre rondan en mi cabeza. Fue así como, un día, en un café en París leí un artículo de El siglo. En él se decía que un hombre podría viajar alrededor del mundo en sólo ochenta días. Inmediatamente mi mente se iluminó con la posibilidad de que debido a la diferencia horaria, el viajero pudiera adelantar o retrasar un día en su viaje. Había encontrado un argumento para una historia. No escribí la historia hasta mucho después. Siempre llevo varias ideas en mi cabeza durante años -diez o quince en algunas ocasiones-, hasta darles la forma definitiva."
"A través de mis novelas, mi objetivo ha sido dar una imagen de la Tierra y no sólo la Tierra en sí, sino el Universo. Recuerde que, en algunas ocasiones, he llevado a mis lectores mas allá de la Tierra. Al mismo tiempo he intentado mantener la belleza en el estilo. Se dice que no puede haber estilo en una novela de aventura. No es cierto, aunque admito que es más difícil escribir una novela de este tipo a un nivel literario aceptable, que escribir el tipo de novelas modernas, basadas en un estudio profundo de los personajes de la misma. Quiero aclarar" -dijo Verne elevando ligeramente sus anchos hombros- "que no soy un gran admirador de la llamada novela psicológica, porque no entiendo que tiene que ver una novela con la psicología. Exceptúo aquí a Daudet y De Maupassant (2). Siento gran admiración por De Maupassant. Él es un hombre genial que ha recibido del cielo el don de escribir sobre muchas cosas y lo ha hecho tan natural y fácilmente como un árbol de manzanas produce manzanas. Mi autor favorito, sin embargo, es y siempre ha sido Dickens. No sé más de cien palabras del idioma inglés, de manera que tengo que leer sus obras en traducciones. Declaro" -dijo Verne, mientras situaba sus manos en la mesa con énfasis-, " que he leído diez veces, al menos, todas las obras de Dickens. No puedo decirle que prefiero a Dickens y no a Maupassant, porque no hay comparación posible entre los dos. La prueba de mi admiración por Dickens es mi próxima novela llamada Aventuras de un niño irlandés. Soy también y siempre he sido, además, un gran admirador de las novelas de Cooper. Al menos quince de ellas las considero inmortales."

Las insatisfacciones del genio
Entonces, con aire de meditación pero hablando en alta voz, Verne agregó: "Cuando yo me quejaba de que mi lugar en la literatura francesa no había sido reconocido, Dumas solía decirme: Tú debías haber sido un autor americano o inglés. Entonces, tus libros traducidos al francés, hubieran tenido una enorme popularidad en Francia y habrías sido considerado por tus compatriotas como uno de los más grandes escritores de ficción. Como puede comprobar, no ha sido considerado mi lugar dentro de la literatura francesa. Quince años atrás, Dumas propuso mi nombre para la Academia y como en ese momento tenía varios amigos en la Academia entre los que estaban Labiche, Sandoz y otros; parecía que era la gran oportunidad para que se determinara mi elección y el reconocimiento formal de mi trabajo. Pero nunca ocurrió. Cuando recibo cartas de América dirigidas a Señor Julio Verne, miembro de la Academia francesa no puedo evitar una sonrisa. Desde el día en que mi nombre fue propuesto han habido, desde entonces, no menos de cuarenta y dos elecciones en la Academia francesa que, por así decirlo, se ha renovado completamente. Pero yo he sido olvidado."
Fue entonces que Verne dijo las palabras que, por su importancia, he ubicado al principio de este artículo.
Para cambiar la conversación le pedí a Verne que me hablara de sus viajes y dijo: "Me he dedicado a la navegación por puro placer, pero siempre con el objetivo de conseguir información para mis libros. Esta ha sido mi preocupación constante y cada una de mis novelas han sido beneficiadas por mis viajes. De esta forma, en Un billete de lotería será encontrada la narración de mis experiencias y observaciones personales en una excursión que tuve la oportunidad de realizar a Escocia, Iona y Staffa; así como también de un viaje a Noruega en el año 1862, cuando viajé desde Estocolmo hasta Christiana a través del canal. Fue un viaje extraordinario de tres días y tres noches en un vapor y luego llegamos a la parte más salvaje de Noruega llamada Tolemark. Visitamos, además, las cataratas de Gosta, la cual tiene una altura de novecientos pies. En Las indias negras está la descripción de mi gira por Inglaterra y mi visita a los lagos escoceses. La idea original de Una ciudad flotante sobrevino cuando viajaba hacia América, en al año 1867, a bordo del famoso transatlántico Great Eastern. Allí visité Nueva York, la ciudad de Albany y además el Niágara. Tuve la maravillosa oportunidad de ver el Niágara cubierto de hielo. Fue el día 14 de abril. Se podían ver algunos torrentes de agua entrando a raudales a través de algunos orificios abiertos en la superficie helada. Matías Sandorf fue el resultado de una excursión desde Tánger hasta Malta en mi yate, el St. Miche l, el cual fue nombrado así en honor a mi hijo Michel, que me acompañó en ese viaje, así como también me acompañaron su madre y mi hermano Paul. En el año 1878 tuve una instructiva y agradable excursión a través del Mar Mediterráneo junto a Raoul Duval, el hijo de Hetzel y mi hermano. Viajar era el gran placer de mi vida y fue con gran pesar que en el año 1886, fui forzado a abandonar tal distracción a consecuencia de mi accidente. Seguramente, usted sabe la triste historia de cómo un sobrino mío, que me adoraba y al cual yo también quería mucho, vino a verme un día a Amiens y después de murmurar algo, ferozmente, me apuntó con un revólver y me disparó, hiriendo mi pierna izquierda. A consecuencia de este hecho, nunca más he podido caminar como lo hacía antes. La herida nunca se ha cerrado y nunca me han extraído la bala. El pobre muchacho estaba fuera de sus cabales. Luego, dijo que lo había hecho para atraer sobre mi la atención, de manera que se escucharan mis demandas por un puesto en la Academia francesa. Él está ahora en un asilo y temo que nunca se curará. El gran pesar que esto me trajo es el hecho de que nunca más podré ver América de nuevo. Me hubiera gustado visitar la ciudad de Chicago este año, pero dado el estado de mi salud y esta herida que no cierra, será imposible para mi salir de Francia. Amo a América y a los americanos. Comoquiera que usted es americano y está escribiendo para ellos, asegúrese de decirles que si ellos me aman -que conozco que sí, debido a que recibo miles de cartas todos los años desde Estados Unidos-, yo les devuelvo su afecto con todo mi corazón. ¡Si pudiera ir y poder verlos a todos! ¡Esa sería la gran alegría de mi vida!
"Aunque la mayoría de las descripciones geográficas en mis novelas son extraídas de mi observación personal, en algunas ocasiones he tenido que apoyarme en las cosas que he leído para hacer las descripciones. En la novela sobre la que le hablé titulada Aventuras de un niño irlandés, la cual muy pronto será publicada, describo las aventuras de un muchacho en Irlanda. La historia comienza cuando el chico tiene dos años de edad y termina cuando cumple los quince, que es cuando él y sus amigos labran sus propias fortunas. ¿No cree que es un buen argumento para una novela? En el libro, el joven viaja por toda Irlanda y debo decirle que yo nunca he visitado ese país, de manera que todas las descripciones de los lugares y escenarios han sido tomadas de libros."
"Tengo varios libros esperando por ser impresos. La próxima novela, es decir, la que se publicará el próximo año se titula Las maravillosas aventuras de Antifer , y ya está completamente terminada. Es la historia de la búsqueda y hallazgo de un tesoro y en la novela se expone un problema geométrico muy curioso. Estoy muy apegado a la novela, la cual aparecerá en el año 1895, aunque no puedo decirle nada más por el momento. Al tiempo que elaboro éstas historias, también escribo cuentos. En el próximo número de El Fígaro, el cual será publicado para las navidades se publicará un cuento mío titulado, El señor Re-sostenido y la señorita Mi-bemol. Usted conoce que el re-sostenido y el mi-bemol son exactamente las mismas notas musicales cuando son ejecutadas en un piano. Ahí está implícito mi conocimiento musical. Nada de lo que uno ha aprendido deja de utilizarse alguna vez en la vida."
"Las personas me preguntan a menudo, tal y como usted lo ha hecho, por qué resido en Amiens; especialmente yo, que era una persona tan parisino en mis instintos. Como le he dicho, soy de sangre bretona y adoro la calma y la tranquilidad y nunca podría ser más feliz que estando en un claustro. Una vida tranquila, llena de estudio y trabajo, es mi deleite. Llegué a Amiens en el año 1857. Aquí conocí a la mujer que es ahora mi esposa, la cual por aquel entonces -su nombre era Honorine de Viane- era viuda y tenía dos pequeñas hijas. Los lazos familiares y la tranquilidad del lugar me han mantenido desde entonces atado a Amiens. Hetzel me comentó hace unos días que si yo viviera en París hubiera escrito, al menos, diez novelas menos de las que he hecho. Disfruto mucho mi vida aquí en la ciudad. Ya le he dicho cómo es que trabajo por las mañanas y leo por las tardes. Hago tanto ejercicios como puedo. Ese ha sido el secreto de mi salud y mi fuerza. Continúo siendo aficionado al teatro y siempre que hay una obra en el pequeño teatro de la localidad puede estar seguro que podrá encontrar a la señora Verne y a su esposo en la luneta. Días atrás, nosotros cenamos en el Hotel Continental. Lo hicimos con el propósito de tener un momento de distracción y para darles un descanso a nuestros sirvientes. Nuestro único hijo, Michel, vive en París, donde está casado y tiene hijos. Él ha escrito algunos artículos científicos. Tengo sólo una mascota. Usted seguramente habrá visto en mi casa un cuadro de mi estimado y viejo amigo. Es un perro llamado Follet."

Un escritor mal pagado
Al llegar a este punto de la conversación le hice entonces a Verne una pregunta algo indiscreta, pero me pareció que era necesaria. He oído que los ingresos que Verne recibe por sus maravillosos libros están muy por debajo de los que gana un periodista ordinario. De fuentes confiables me ha llegado el comentario de que los ingresos de Julio Verne no llegan a un promedio anual de cinco mil dólares. Verne dijo: "Me gustaría no hablar sobre ese tema. Es cierto que mis primeros libros, incluyendo mis más exitosos, se vendieron por una ínfima parte de su valor, pero después del año 1875, es decir, luego de escribir Miguel Strogoff , mis ingresos fueron reconsiderados y comencé a ganar una justa porción de las ganancias de mis novelas. No tengo queja alguna. Tanto mejor si mi editor ha ganado dinero también. Ciertamente, yo pudiera recriminarme a mí mismo el hecho de no haber concertado mejores contratos. Para que tenga una idea, La vuelta al mundo en ochenta días produjo en Francia una ganancia de diez millones de francos y Miguel Strogoff, siete millones. He tenido muy poca participación en estas ganancias. Pero yo no soy y nunca he sido un hombre de dinero. Soy un hombre de letras y un artista. Vivo siguiendo un ideal, generando nuevas ideas y mejorando con entusiasmo mi trabajo. Y cuando he hecho mi trabajo aparto todo de mi mente y olvido tantas cosas que, a menudo, me acomodo en mi estudio y comienzo a leer una novela de Julio Verne, y la leo con entusiasmo. Si mis compatriotas hubieran tenido un poco más de justicia conmigo, esto lo habría apreciado un millón de veces más que una ganancia de algunos miles de dólares que viniera de mis libros. Eso es lo que lamento y siempre lamentaré."
Sobre uno de los botones de la chaqueta azul de Verne pude observar una insignia de color rojo que lo acredita como funcionario de la Legión de Honor.
"Sí" -dijo-, "ese es un reconocimiento". Entonces, con una sonrisa dijo: "Yo fui el último hombre condecorado por el imperio. Dos horas después de firmado el decreto que me hizo miembro de la Legión de Honor, el imperio había dejado de existir. Mi promoción a funcionario se firmó en julio del año pasado. Pero no son las condecoraciones lo que yo ansío. Lo que deseo es que las personas reconozcan lo que hecho o lo que he intentado hacer y no lo dejen pasar por alto. Soy un artista" -repitió Julio Verne, preparándose para levantarse al tiempo que apoyaba su pie en la alfombra.
"Soy un artista" - dijo Julio Verne.
Tan pronto como este artículo sea leído, toda América, seguramente se hará eco de sus palabras


1.      Literato y novelista francés (1830-1907). Autor de interesantes novelas, entre las que deben citarse Las víctimas del amor y Sin familia.
2.      Su nombre completo era E. R. A. Guido de Maupassant (1850-1893). Célebre y fecundo novelista francés, el discípulo más aventajado de Gustavo Flaubert. Murió loco.


Traduc Ariel Pérez

viernes, 27 de enero de 2012

El Domador de Bestias Diminutas



Aldo Roque Difilippo

Los circos llegaban a la ciudad con su cargamento de animales exóticos, aromas desconocidos y personajes extraños. Alzaban puntales y correas para maravillarnos bajo la carpa con las proezas más arriesgadas.
Después de unos años ya nada parecía conmovernos. Habíamos visto desde los actos más extraños a las rarezas nunca imaginadas, o por lo menos eso habíamos creído.
La nueva caravana se enrolló, como un gusano, y en medio de miradas inquisidoras, comenzaron a levantar la carpa, tan similar a las otras.
No era fácil llegar al pueblo, por un camino pedregoso, por momentos empinado, o resbaladizo por la lluvia. Un serpenteo inquietante, entre la vegetación baja y la incertidumbre de no saber si todo aquello conduciría a algo.
Periódicamente llegaban, quizá intrigados por descubrir cómo podíamos sobrevivir en esa inmensa desolación, o tal vez porque presumían que pocos viajeros transitaban aquel camino, y que terminarían convirtiéndose en una atracción a la cual no podríamos resistirnos.
Un cartel plagado de estrellas y dibujos de animales espléndidos fue alzado frente a la boletería, donde se leía "GRAN CIRCO DE LOS HERMANOS LETRÁN", teniendo como atracción principal su domador de bestias diminutas.
Nosotros pretendimos descubrirlas entre las jaulas. Las imaginamos amenazantes, de pelaje y apariencia subyugante, pero no encontramos nada. Sólo los clásicos leones y elefantes, junto a otros animales de movimientos ágiles, pero que no nos reservaban ningún secreto.
Mientras algunos personajes hacían sus piruetas, ensayaban sus trucos junto a la carpa, o cepillaban los caballos, un hombre de cabellos lanudos se entretenía con una cajita de forma irregular, mirando el interior con unos lentes extraños.
Parecía un vellón mal cortado, clavado en una estaca.  Era desmesuradamente delgado, de espesa barba confundiéndose con el cabello tupido que ocultaba aún más sus ojos diminutos. Los pómulos parecían apenas dos líneas marcando el inicio de la barba que adelgazaba  aún más su figura. 
Tenía dedos demasiado largos y sus movimientos eran lentos, como si necesitara meditarlos.
Por el hombre de la boletería supimos que era el Sr. Weisz, el domador de las bestias microscópicas, y pretendimos  que nos enseñara los maravillosos animales que amaestraba, pero era un ser parco al que sólo pudimos arrancarle algunos monosílabos, para quedarse acariciando la barba en una  forma mecánica y constante.
Fumaba unos cigarros que daban risa. Parecían pedacitos de madera que humeaban haciendo juego con en la delgadez con sus dedos descarnados.
A la hora de la función todos estábamos ocupando nuestro lugar en  las gradas, en medio del olor a churros, chorizos de humareda grasosa y perpetua, y la continua cantinela de carameleros, vendedores de refrescos y chucherías. El murmullo se apagó cuando apareció un personaje entrajado de lentejuelas, con una galera enorme, para anunciar el comienzo de la función. Su abultado vientre parecía agrandarse con los movimientos de las luces.
-¡Señoooras y señooores; con ustedes los artistas!... -dijo impostando la voz-. Aquellos que quieran presenciar el maravilloso acto de nuestro domador de  bestias diminutas, único en el mundo, deberán pasar al recinto contiguo, en grupos de a cinco, debido a lo arriesgado de la prueba, y de otros detalles que después comprenderán...
Mientras unos presenciaban la función, pequeños grupos de espectadores hacían cola para ingresar a aquella  casilla misteriosa.
Allí sólo había una mesa diminuta, los lentes extraños que habíamos visto manipular al Sr. Weisz,  y un par de cajas.
Él apareció enfundado en una toga negra y desgastada, que lo adelgazaba aún más, junto a una muchacha de facciones adolescentes que presentaba el acto, y anunciaba cada uno de los trucos. El Domador sólo se limitó a inclinarse levemente para saludar, y emitir pequeños silbidos, casi imperceptibles, para ordenar a sus bestias las piruetas a realizar.
De a uno pasábamos frente a los lentes para presenciar el acto, pues según se nos dijo, eran seres tan diminutos que no veríamos nada a simple vista, pero que debíamos guardar cierta distancia pues eran verdaderamente feroces, y podían atacarnos y liquidarnos sin que pudiésemos hacer nada.
Alguien del grupo dijo que no existía nada tan chico que no pudiera ser visto, y si existiese, sería completamente inofensivo.
El Sr. Weisz  lo miró, y la inexpresividad de su rostro denunciaba cierta sonrisa burlona. Sacó un conejo de una de las cajas, le abrió la boca y  lo obligó a  beber de un frasco diminuto que extrajo de la toga. Era un líquido que nos pareció agua, pero muy viscosa, al punto que le costo caer hasta la boca del animal.
La muchacha dijo que se trataba de una dosis altamente letal, que liquidarían al animal.
El pobre conejo comenzó a convulsionarse, como si hubiese recibido un golpe fortísimo. Después su pelaje se tornó de un color verdusco, para quedar rígido sobre la mesa, con las patas extendidas y los ojos encendidos.
Al tocarlo, el pobre animal parecía haber adquirido una consistencia pétrea, como si se hubiese fosilizado.
El hombre no expresó ningún sentimiento de culpa por el asesinato, sólo se limitó a mirarnos con cierta sonrisa en los ojos, rumiando una victoria ante el descreído auditorio. Luego nos indicó con un gesto que comenzáramos a desfilar frente a los lentes.
Aquellas gotas de líquido viscoso estaban pobladas de seres diminutos, minúsculos granitos que formaban extrañas figuras. El domador emitía pequeños silbidos y aquellos extraños seres formaban nuevos dibujos. Se alineaban en un mosaico chinesco, o se aglutinaban en pequeños bultitos, como eczemas que desaparecían ante un nuevo silbido, similar a un lamento. Una pena surgida de las entrañas de aquel ser enjuto.
Las bestias diminutas formaban cadenas, pequeños serpenteos, dibujos cuadriculados, cambiando incluso su colorido al mandato de los silbidos. Del verdoso marino se volvían cepias, o de un rojo pálido, salpicado por pequeñísimos toques sanguinolentos.  Para demostrarnos que su arte podía sortear todos los obstáculos filtró aquel líquido, pasándolo por un pañuelo doblado en cuatro, y ante nuestros ojos aparecieron nuevamente esos seres, haciendo sus piruetas al ritmo de los silbidos quejumbrosos y monótonos.
Era el espectáculo más maravilloso y diminuto que habíamos presenciado, y la muchacha nos habló de las dificultades que suponían cada pirueta. Sobre todo por la condición anárquica de las bestias. En otros animales  -nos dijo- el trabajo del domador se simplifica descubriendo quién  era el líder, ya que tras él marcharían todos. Pero estas bestias carecían de toda formación jerárquica, y ahí radicaba la maestría y la paciencia del domador.
Para el final, el hombre se reservaba el acto más arriesgado. Tomaría del agua que petrificó al conejo, y cuando estuviese a punto de convertirse en un trozo de piedra, tan sólo con sus silbidos, las obligaría a dejar su cuerpo.
Se bebió el contenido del frasco de un trago, y casi al instante comenzó a transpirar. Su cuerpo, que denunciaba una magritud excesiva, sudaba como un trozo de carne puesto sobre el fuego. La toga se le pegó al cuerpo, como si estuviera bajo una lluvia torrencial.
Después, igual que el conejo, sus movimientos se volvieron convulsivos, y sus ojos se encendieron como el sol en la temporada de sequía. Su piel perdió esa carencia de pigmento, que lo acercaba a un francés destiñéndose por una fiebre eterna. Comenzaron a aparecerle los primeros bultos que lo convirtieron en un tronco de parra, reseco y agrietado.
-¡Señoras y señores! -gritó, y su voz  pareció surgir de un lugar ignoto-. Comprueben ustedes mismos. Aquí no hay trucos. ¡Toquen, huelan!
La pestilencia que emanaba su cuerpo inundó la pieza.
El hombre hablaba sin parar, y su rostro era una seguidilla de gestos y contracciones. Los pómulos se le encendieron de un rojo sanguinolento, que creímos terminaría incendiándolo.
De pronto su verborragia cesó, como si acatara un mandato supremo, para quedar tieso, como una estatua que apenas respiraba. Su piel parecía la de una roca reseca y agrietada. Con el último hilo de respiración emitió su silbido que se volvió más quejumbroso, un lamento desgarrador de condenado sin esperanzas.
En menos de quince minutos su cuerpo comenzó a recobrar el aspecto inicial, regresándole el mutismo infranqueable. En una cuchara pequeña dejó caer un poco de saliva para ponerla bajo los lentes.
Ahí estaban nuevamente las bestias, haciendo sus piruetas marcadas por la monotonía de los silbidos.
El domador se inclinó levemente para recibir el aplauso. Miró a su secretaria y se perdió tras la puerta.
El circo seguía con su función, y nosotros volvimos a nuestro lugar en las gradas. Después la proeza del Sr. Weisz sería comentada y repetida por todo el pueblo, que se quedó mirando cómo se desenrollaba la oruga de casillas y jaulas para perderse en el camino.
Varios años después el Circo de los hermanos Letrán regresó, pero nada volvió a conmovernos. El Domador había muerto, según se nos dijo, tras una rebelión de aquellas bestias ingobernables; y ya nadie se atrevió a seguir sus pasos.
En esta edición le regalamos una selección de los mejores cuentitos medievales.
“Historias de la Comarca”, de Ángel Juárez Masares, para repasar las peripecias del Señor Feudal y sus súbditos.


Léalo, descárgelo, imprímalo, regálelo a un amigo o a algún gentilhombre de la comarca que todavía no lo haya leído, en:
A la mierda


No iré
ni aunque me manden
No me mandaré
Ya estuve allí demasiadas veces
También en el carajo

Renovaré mis puntos
(provisorios)
de destino.


Rolando Revagliatti

El cuento del niño malo



Mark Twain



Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim. Si uno es observador advertirá que en los libros de cuentos ejemplares que se leen en clase de religión los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño que éste se llamara Jim, pero qué le vamos a hacer si así era.
Otra cosa peculiar era que su madre no estuviese enferma, que no tuviese una madre piadosa y tísica que habría preferido yacer en su tumba y descansar por fin, de no ser por el gran amor que le profesaba a su hijo, y por el temor de que, una vez se hubiese marchado, el mundo sería duro y frío con él.
La mayor parte de los niños malos de los libros de religión se llaman James, y tienen la mamá enferma, y les enseñan a rezar antes de acostarse, y los arrullan para que se duerman con su voz dulce y lastimera; luego les dan el beso de las buenas noches y se arrodillan al pie de la cabecera a sollozar. Pero en el caso de este muchacho las cosas eran diferentes: se llamaba Jim, y su mamá no estaba enferma, ni tenía tuberculosis ni nada por el estilo.
Antes por el contrario, la mujer era fuerte y muy poco religiosa; es más, no se preocupaba por Jim. Decía que si se partiera la nuca no se perdería gran cosa. Sólo conseguía acostarlo a punta de cachetadas, y jamás le daba el beso de las buenas noches; antes bien, al salir de su alcoba le jalaba las orejas.
Este niño malo se robó una vez las llaves de la despensa, se metió a hurtadillas en ella, se comió la mermelada y llenó el frasco de brea para que su madre no se diera cuenta de lo que había hecho; pero acto seguido… no se sintió mal, ni oyó una vocecilla susurrarle al oído: “¿Te parece bien hacerle eso a tu madre? ¿No es acaso pecado? ¿Adónde van los niños malos que se engullen la mermelada de su santa madre?”, ni tampoco, ahí solito, se hincó de rodillas y prometió no volver a hacer fechorías, ni se levantó, con el corazón liviano, pletórico de dicha, ni fue a contarle a su madre cuanto había hecho y a pedirle perdón, ni recibió su bendición acompañada de lágrimas de orgullo y de gratitud en los ojos. No; este tipo de cosas les sucede a los niños malos de los libros; pero a Jim le pasó algo muy diferente: se devoró la mermelada, y dijo, con su modo de expresarse, tan pérfido y vulgar, que estaba “de rechupete”; metió la brea, y dijo que ésta también estaría de rechupete, y muerto de la risa pensó que cuando la vieja se levantara y descubriera su artimaña, iba a llorar de la rabia. Y cuando, en efecto, la descubrió, aunque se hizo el que nada sabía, ella le pegó tremendos correazos, y fue él quien lloró.
Una vez se encaramó en un árbol, donde Acorn, el granjero, a robar manzanas, y la rama no se quebró, ni se cayó él, ni se quebró el brazo, ni el enorme perro del granjero le destrozó la ropa, ni languideció en su lecho de enfermo durante varias semanas, ni se arrepintió, ni se volvió bueno. Oh, no; robó todas las manzanas que quiso y descendió sano y salvo; se quedó esperando al cachorro, y cuando éste lo atacó, le pegó un ladrillazo. Qué raro… nada así acontece en esos libros sentimentales, de lomos jaspeados e ilustraciones de hombres en sacoleva, sombrero de copa y pantalones hasta las rodillas, y de mujeres con vestidos que tienen la cintura debajo de los brazos, y que no se ponen aros en el miriñaque. Nada parecido a lo que sucede en la clase de religión.
Una vez le robó el cortaplumas al profesor, y temiendo ser descubierto y castigado, se lo metió en la cachucha a George Wilson… el pobre hijo de la viuda Wilson, el niño sanote, el niñito bueno del pueblo, el que siempre obedecía a su madre, el que jamás decía una mentira, al que le encantaba estudiar y le fascinaban las clases de religión de los domingos. Y cuando se le cayó la navaja de la gorra, y el pobre George agachó la cabeza y se sonrojó, como sintiéndose culpable, y el maestro ofendido lo acusó del robo, y ya iba a dejar caer la vara de castigo sobre sus hombros temblorosos, no apareció de pronto para pasmo de todos, un juez de paz de peluca blanca, que dijera indignado: “No castigue usted a este noble muchacho… ¡Aquél es el solapado culpable!: pasaba yo junto a la puerta del colegio en el recreo, y aunque nadie me vio, yo sí fui testigo del robo”. Y, así, a Jim no lo reprendieron, ni el venerable juez les leyó un sermón a los compungidos colegiales, ni se llevó a George de la mano y dijo que tal muchacho merecía un premio, ni le pidió después que se fuera a vivir con él para que le barriera el despacho, le encendiera el fuego, hiciera sus recados, picara leña, estudiara leyes, le ayudara a su esposa con las labores hogareñas, empleara el resto del tiempo jugando, se ganara cuarenta centavos mensuales y fuera feliz. No; en los libros habría sucedido así, pero eso no le pasó a Jim. Ningún entrometido vejete de juez pasó y armó un lío, de manera que George, el niño modelo, recibió su buena zurra y Jim se regocijó porque, como bien lo saben ustedes, detestaba a los muchachos sanos, y decía que éste era un imbécil. Tal era el grosero lenguaje de este muchacho malo y negligente.
Pero lo más extraño que le sucediera jamás a Jim fue que un domingo salió en un bote y no se ahogó; y otra vez, atrapado en una tormenta cuando pescaba, también en domingo, no le cayó un rayo. Vaya, vaya; podría uno ponerse a buscar en todos los libros de moral, desde este momento hasta las próximas Navidades, y jamás hallaría algo así. Oh, no; descubriría que indefectiblemente cuanto muchacho malo sale a pasear en bote un domingo se ahoga: y a cuantos los atrapa una tempestad cuando pescan los domingos infaliblemente les cae un rayo. Los botes que llevan muchachos malos siempre se vuelcan en domingo, y siempre hay tormentas cuando los muchachos malos salen a pescar en sábado. No logro comprender cómo diablos se escapó este Jim. ¿Será que estaba hechizado? Sí…, ésa debe ser la razón.
Nada malo le pasaba. Llegó incluso hasta el extremo de darle una tableta de tabaco a un elefante del zoológico, y éste no le dio en la cabeza con la trompa. Esculcó la despensa buscando esencia de hierbabuena, y no se equivoco ni se tomó el ácido muriático. Robó el arma de su padre y salió a cazar el sábado, y no se voló tres o cuatro dedos. Se enojó y le pegó un puñetazo a su hermanita en la sien, y ella no quedó enferma, ni sufriendo durante muchos y muy largos días de verano, ni murió con tiernas palabras de perdón en los labios, que redoblaran la angustia del corazón roto del niño. Oh, no; la niña recuperó su salud.
Al cabo del tiempo, Jim escapó y se hizo a la mar, y al volver no se encontró solo y triste en este mundo porque todos sus seres amados reposaran ya en el cementerio, y el hogar de su juventud estuviera en decadencia, cubierto de hiedra y todo destartalado. Oh, no; volvió a casa borracho como una cuba y lo primero que le tocó hacer fue presentarse a la comisaría.
Con el paso del tiempo se hizo mayor y se casó, tuvo una familia numerosa; una noche los mató a todos con un hacha, y se volvió rico a punta de estafas y fraudes. Hoy en día es el canalla más pérfido de su pueblo natal, es universalmente respetado y es miembro del Concejo Municipal. Fácil es ver que en los libros de religión jamás hubo un James malo con tan buena estrella como la de este pecador de Jim con su vida encantadora.