viernes, 20 de enero de 2012


Un paraíso extraño


Philip K. Dick

El capitán Johnson fue el primer hombre en salir de la nave. Estudió las grandes selvas onduladas, kilómetros y kilómetros de un verde que hería los ojos. El cielo era de un azul muy puro. Más allá de los árboles se veía el límite de un océano, del mismo color que el cielo, a no ser por la burbujeante superficie de las algas marinas, increíblemente brillantes, que oscurecían el azul hasta proporcionarle un tono púrpura.
Sólo un metro separaba el tablero de control de la escotilla automática, y desde allí bastaba con bajar la rampa hasta pisar la blanda tierra negra, removida por el chorro de los motores y esparcida por todas partes, todavía humeante. Se protegió los ojos del sol dorado y, al cabo de un momento, se quitó las gafas y las limpió con la manga. Era un hombre de corta estatura, delgado y de tez cetrina.
Parpadeó nerviosamente y volvió a ponerse las gafas. Aspiró una profunda bocanada del aire caliente, lo retuvo en sus pulmones, dejó que se expandiera por todo su sistema, y luego lo expulsó a regañadientes.
—No está mal –comentó Brent desde la escotilla abierta.
—Si este lugar estuviera más próximo a Terra, habría latas de cerveza vacías y platos de plástico por todas partes. Los árboles habrían desaparecido. Habría motores a reacción viejos tirados en el agua. Las playas despedirían un hedor de mil demonios. Construcciones Terranas habría instalado ya un par de millones de pequeñas casas de plástico.
Brent manifestó su indiferencia con un gruñido. Saltó al suelo. Era un hombre ancho de pecho, fornido, de brazos morenos y peludos.
—¿Qué es aquello? ¿Una especie de senda?
El capitán Johnson sacó un plano estelar y lo examinó.
—Ninguna nave ha informado sobre la existencia de esta zona antes que nosotros. Según este plano, todo el sistema está deshabitado.
Brent lanzó una carcajada.
—¿No se le ha ocurrido que podría existir aquí una civilización no terrana?
El capitán Johnson acarició su pistola. Nunca la había utilizado. Era la primera vez que le encomendaban una misión de exploración fuera de la zona patrullada de la galaxia.
—Tal vez debiéramos marcharnos. De hecho, no tenemos mapa de este planeta. Ya hemos trazado los mapas de los tres planetas mayores, y éste no hace falta.
Brent se acercó a la senda. Se agachó y palpó la hierba arrancada.
—Algo ha pasado por aquí. Hay marcas impresas en la tierra. –Lanzó una exclamación de asombro–. ¡Pisadas!
—¿Gente?
—Parece una especie de animal. Grande... Tal vez un felino. –Brent se irguió con expresión pensativa–. Tal vez podríamos ir de caza, aunque sólo fuera por deporte.
El capitán Johnson agitó las manos, nervioso.
—Ignoramos cómo son estos animales. Juguemos sobre seguro y quedémonos en la nave.
Realizaremos la exploración desde el aire; el proceso habitual será suficiente para un lugar como éste. No tengo ganas de continuar aquí. –Se estremeció–. Me pone la piel de gallina.
—¿La piel de gallina?
Brent bostezó, se estiró y se internó en la senda, hacia la extensión ondulante de selva verde.
—A mí me gusta. Un parque nacional de buen tamaño, incluida fauna salvaje. Usted quédese en la nave. Yo voy a divertirme un poco.
Brent avanzaba con cautela por el oscuro bosque, la mano apoyada sobre su pistola. Era un superviviente de los viejos tiempos. En su buena época había visitado muchos lugares remotos, los suficientes para saber lo que estaba haciendo. Se detenía de vez en cuando, examinaba la senda y palpaba el suelo. Las huellas continuaban y se añadían otras. Todo un grupo de animales había recorrido este camino, varias especies, todas de gran tamaño. Debían acudir en busca de agua. Un río o laguna.
Trepó a una elevación..., y se agachó de repente. Algo más adelante, un animal estaba enroscado sobre una roca plana, con los ojos cerrados, dormido. Brent describió un amplio círculo, siempre de cara al animal. Era un felino, desde luego, pero de una clase que no había visto nunca. Parecía un león, pero más grande. Tan grande como un rinoceronte terrano. Larga melena, grandes patas almohadilladas, una cola semejante a una soga retorcida. Algunas moscas deambulaban sobre sus flancos; los músculos se tensaron y las moscas salieron volando. Tenía la boca entreabierta. Vio los blancos colmillos que brillaban al sol. Una lengua rosada enorme. Respiraba lenta y pesadamente, y roncaba.
Brent jugueteó con su pistola. Como buen deportista, no podía matarlo mientras dormía. Tendría que tirarle una piedra para despertarlo. Como un hombre enfrentado a una fiera que le doblaba en peso, estuvo tentado de perforarle el corazón y transportar los restos a la nave. La cabeza quedaría fenomenal; todo el maldito pellejo quedaría fenomenal. Inventaría una historia adecuada: el animal había caído sobre él desde una rama, o tal vez había surgido como una exhalación de la espesura, rugiendo de manera espeluznante.
Se arrodilló, apoyó el codo derecho sobre la rodilla derecha, aferró la culata de la pistola con la mano izquierda, cerró un ojo y apuntó con cuidado. Respiró hondo, estabilizó el arma y soltó el seguro.
Cuando estaba a punto de apretar el gatillo, otros dos grandes felinos pasaron a su lado, olfatearon un momento a su dormido compañero y se internaron en la espesura.
Brent bajó la pistola con la sensación de haber hecho el ridículo. Los dos animales no le habían prestado la menor atención. Uno le había dedicado un breve vistazo, pero ninguno se detuvo o mostró extrañeza. Se puso en pie, vacilante, la frente cubierta de un sudor frío. Dios santo, si hubieran querido le habrían hecho trizas. Les daba la espalda...
Tenía que ser más precavido. No debía quedarse quieto, sino continuar avanzando o regresar a la nave. No, no quería regresar a la nave. Aún necesitaba dar una lección al mediocre de Johnson. El pequeño capitán, probablemente, estaría sentado ante los controles, nervioso, preguntándose qué le habría pasado. Brent se abrió paso con cautela entre los arbustos, dejó atrás al felino dormido y volvió a entrar en la senda. Exploraría un poco más, encontraría algo que valiera la pena llevarse, tal vez acamparía para pasar la noche en algún lugar protegido. Tenía un paquete de raciones y, en caso de emergencia, podía llamar a Johnson con su transmisor de garganta.
Desembocó en una pradera llana. Crecían flores por todas partes, amarillas, rojas y violeta. Caminó a buen paso entre ellas. El planeta era virgen, en estado todavía primitivo. Ningún humano lo había hollado. Como Johnson había afirmado, dentro de un tiempo estaría sembrado de platos de plástico, latas de cerveza y desperdicios podridos. Quizá pudiera obtener el derecho de explotación.
Fundar una empresa y reclamar la entera posesión. Después, lo parcelaría poco a poco, sólo para gente exquisita. Con la promesa que no habría comercios, sólo las casas más exclusivas. Un paraíso para terranos acaudalados que tuvieran mucho tiempo libre. Pescar y cazar; toda la caza mayor que les viniera en gana. Y mansa, desconocedora de los humanos.
Su plan le satisfizo. Mientras salía del prado y se internaba entre los árboles, pensó en cómo conseguir la inversión inicial. Quizá debería asociarse con otras personas, gente de dinero. Necesitarían promoción y publicidad, poner toda la carne en el asador. Los planetas vírgenes escaseaban; hasta podía ser el último. Si fracasaba, tal vez pasaría mucho tiempo antes que tuviera otra oportunidad de...
Sus pensamientos se interrumpieron. Todo su plan se vino abajo. Experimentó una cruel decepción y se detuvo bruscamente.
La senda se ensanchaba más adelante. Los árboles estaban más distanciados. La luz del sol penetraba en la silenciosa oscuridad de los helechos, matorrales y flores. Un edificio se erguía sobre una pequeña elevación. Una casa de piedra con escalinata, porche, sólidas paredes blancas como mármol. Un jardín crecía a su alrededor. Ventanas. Un camino particular. Edificios más pequeños en la parte de atrás. Todo muy pulcro, bonito..., y de aspecto muy moderno. Una pequeña fuente esparcía agua azul. Algunas aves deambulaban por los senderos de gravilla.
El planeta estaba habitado.
Brent se aproximó con cautela. Un hilo de humo azul surgía de la chimenea de piedra. Detrás de la casa había gallineros, algo parecido a una vaca que dormitaba en la sombra, cerca de su abrevadero. Otros animales, algunos semejantes a perros, un grupo compuesto, en apariencia, de ovejas. Una granja normal, aunque no se parecía a ninguna granja que hubiera visto. Los edificios parecían de mármol, o al menos ése era su aspecto. Y una especie de campo de fuerza impedía que los animales se escaparan. La limpieza era total. En un rincón, un tubo de evacuación absorbía las aguas y las introducía en un depósito a medias enterrado.
Llegó a la escalinata que conducía al porche y, tras una breve vacilación, empezó a subir. No estaba especialmente asustado. Calma y serenidad reinaban en aquel lugar. Era difícil imaginar que acechara algún peligro. Llegó a la puerta, titubeó y buscó el pomo.
No había pomo. Nada más tocarla, la puerta se abrió. Brent entró, desconcertado. Se encontró en un lujoso pasillo. Cuando sus botas pisaron las tupidas alfombras, se encendieron unas luces indirectas. Largos cortinajes ocultaban las ventanas. Muebles enormes. Miró en una habitación: máquinas y objetos extraños, cuadros en las paredes, estatuas en los rincones. Dobló una esquina y desembocó en un amplio vestíbulo. Ni rostro de presencia humana.
Un animal enorme, del tamaño de un pony, salió por una puerta, le olfateó con curiosidad, lamió su muñeca y se alejó. Le vio marchar, con el corazón en un puño.
Manso. Todos los animales eran mansos. ¿Qué clase de seres habían construido ese lugar? El pánico se apoderó de él. Tal vez se trataba de otra raza, procedente de otra galaxia. Tal vez el planeta era la frontera de un imperio extraterrestre, una especie de posición avanzada.
Mientras pensaba en todo esto y se preguntaba si debía salir, correr de vuelta a la nave e informar a la estación Orión IX, oyó un crujido a su espalda. Se volvió de inmediato, la mano presta a sacar la pistola.
—¿Quién...? –jadeó.
Y se quedó petrificado.
Vio a una muchacha ante él, una muchacha de rostro sereno, grandes ojos oscuros, larga cabellera negra. Era casi tan alta como él, algo menos de un metro ochenta. Cascadas de cabello negro se derramaban sobre sus hombros y colgaban hasta la cintura. Vestía una túnica de un extraño material metálico. Incontables facetas brillaban, centelleaban y reflejaban las luces del techo. Sus labios eran rojos y sensuales. Tenía los brazos cruzados bajo los pechos, que se movían al compás de la respiración. A su lado estaba el animal parecido a un pony que le había olfateado antes.
—Bienvenido, señor Brent –dijo la muchacha, sonriente.
Brent distinguió sus diminutos dientes blancos. Su voz era suave y melodiosa, de una pureza notable. Dio media vuelta de repente. La túnica revoloteó a su espalda cuando atravesó la puerta y entró en otra habitación.
—Acompáñeme. Le estaba esperando.
Brent obedeció con cautela. Había un hombre al final de una larga mesa, que le observaba con evidente desagrado. Era enorme, más de metro ochenta, de hombros y brazos robustos que se tensaron cuando se abotonó la capa y caminó hacia la puerta. La mesa estaba cubierta de platos y cuencos. Criados robot se llevaron las cosas en silencio. Era obvio que la muchacha y el hombre habían terminado de comer.
—Éste es mi hermano –dijo la chica, indicando al gigante de rostro sombrío. Dedicó un cabeceo a Brent, intercambió unas pocas palabras con la muchacha en un idioma desconocido y líquido, y se marchó sin más. Sus pasos se alejaron por el pasillo.
—Lo siento –murmuró Brent–. No era mi intención interrumpirles.
—No se preocupe. Ya se iba. De hecho, no nos llevamos muy bien. –La muchacha apartó las cortinas y dejó al descubierto una amplia ventana que daba al bosque–. Su nave está estacionada ahí fuera. ¿La ve?
Brent tardó un momento en localizar la nave. Se fundía con el paisaje a la perfección. Sólo cuando se elevó de repente en un ángulo de noventa grados, comprendió que había estado allí todo el rato. Había pasado a escasos metros del vehículo.
—Es una gran persona ædijo la muchacha, y volvió a correr la cortina–. ¿Tiene hambre?
Siéntese y coma conmigo. Ahora que Aeetes se ha ido, estoy sola por completo.
Brent se sentó, cauteloso. La comida tenía buen aspecto. Los platos eran de un metal semitransparente. Un robot dispuso ante él platos, cuchillos, tenedores, cucharas, y esperó las órdenes. La muchacha habló en su extraño idioma líquido. El robot sirvió a Brent y se retiró.
La muchacha y él se quedaron a solas. Brent comió con avidez; la comida era deliciosa. Rompió las alas de algo parecido a un pollo y las devoró con pericia. Bebió un vaso de vino tinto, se secó la boca con la manga y atacó un cuenco de frutas. Verduras, carnes condimentadas, mariscos, pan caliente, lo engulló todo con placer. La muchacha apenas comió. Le miraba con curiosidad, hasta que terminó por fin y apartó los platos vacíos.
—¿Dónde está su capitán? æpreguntó la joven–. ¿No ha venido?
—¿Johnson? Se quedó en la nave. –Brent eructó ruidosamente– ¿Cómo es que habla terrano? No es su idioma natal. ¿Cómo ha sabido que no he llegado solo?
La joven lanzó una melodiosa carcajada. Se secó sus bonitas manos con una servilleta y bebió de una copa de color rojo oscuro.
—Les observamos por la pantalla. Despertaron nuestra curiosidad. Es la primera vez que una de sus naves llega tan lejos. Sus intenciones nos intrigaban.
—No habrá aprendido terrano observando nuestra nave por una pantalla.
—No. Gente de su raza me enseñó el idioma. Hace mucho tiempo. Hablo su idioma desde hace tanto tiempo que ya no recuerdo cuándo lo aprendí.
Brent se quedó estupefacto.
—Pero ha dicho que nuestra nave ha sido la primera en llegar al planeta.
La muchacha volvió a reír.
—Es verdad, pero hemos visitado a menudo su pequeño mundo. Sabemos todo sobre él. Cuando viajamos en esa dirección es un punto de parada fijo. He estado muchas veces, aunque no últimamente, sino en los viejos tiempos, cuando viajaba más.
Un escalofrío recorrió a Brent.
—¿Quiénes son ustedes? ¿De dónde vienen?
—Ignoro cuál es nuestro planeta madre. Ahora, nuestra civilización se ha esparcido por todo el Universo. Es probable que se iniciara en un sólo lugar, en épocas legendarias, pero ahora está por todas partes.
—¿Por qué no nos hemos encontrado antes con ustedes?
La joven sonrió y siguió comiendo.
—¿No me ha oído? Se han encontrado con nosotros. A menudo. Incluso hemos traído terranos aquí. Recuerdo una ocasión muy concreta, hace unos cuantos miles de años...
—¿Qué duración tienen sus años?
—No tenemos años. –Los oscuros ojos de la muchacha se clavaron en él, brillantes de ironía–.
Quería decir años terranos.
Brent tardó un minuto en asimilar el golpe.
—Mil años æmurmuró–. ¿Ha vivido mil años?
—Once mil –respondió la joven con naturalidad. Movió la cabeza y un robot quitó los platos. Se reclinó en la silla, bostezó, se estiró como un gato y se puso en pie bruscamente–. Venga. La comida ha terminado. Le enseñaré mi casa.
Brent corrió tras ella. Su confianza se tambaleaba.
—Es usted inmortal, ¿verdad? –Se interpuso entre ella y la puerta, la respiración alterada, el rostro congestionado–. No envejece.
—¿Envejecer? No, claro que no.
Brent consiguió farfullar algo más.
—Son dioses.
La muchacha sonrió y sus ojos oscuros centellearon.
—En realidad no. Ustedes poseen casi lo mismo que nosotros; casi tantos conocimientos, ciencia, cultura. Algún día se pondrán a nuestra altura. Somos una raza vieja. Hace millones de años, nuestros científicos lograron detener el proceso de decadencia. Desde entonces, ya no morimos.
—Por lo tanto, su raza permanece constante. Nadie muere, nadie nace.
La muchacha abrió la puerta y salió al pasillo.
—Oh, no paran de nacer niños. Nuestra raza crece y se expande. –Se detuvo ante una puerta–.
No hemos renunciado a ningún placer. –Examinó a Brent, sus hombros, brazos, pelo oscuro, cara rotunda, con aire pensativo–. Somos casi como ustedes, excepto que nosotros somos eternos. Supongo que algún día también resolverán este problema.
—¿Han vivido entre nosotros? –preguntó Brent. Empezaba a comprender–. Entonces, todos aquellos mitos y religiones antiguos eran ciertos. Dioses. Milagros. Se pusieron en contacto con nosotros, nos dieron cosas. Hicieron cosas por nosotros.
La siguió al interior de la habitación, maravillado.
—Sí, supongo que hemos hecho algo por ustedes, cuando íbamos de paso.
La muchacha paseó por la habitación y bajó los enormes cortinajes. Una suave oscuridad cayó sobre los sofás, libreros y estatuas.
—¿Juega al ajedrez?
—¿AJEDREZ?
—Es nuestro deporte nacional. Se lo enseñamos a uno de sus antepasados brahmanes. –El desencanto se dibujó en su menudo rostro–. ¿No juega? Qué pena. ¿Qué hace? ¿Y su compañero?
Daba la impresión de poseer una capacidad intelectual mayor que la de usted. ¿Juega al ajedrez? Tal vez debiera ir a buscarle.
—Yo no opino lo mismo –contestó Brent, y se acercó a ella–. Por lo que yo sé, no hace nada de nada.
La tomó por el brazo. La muchacha se soltó, atónita. Brent la rodeó con sus grandes brazos y la apretó contra su cuerpo.
—Creo que no nos va a hacer la menor falta.
La besó en la boca. Sus rojos labios eran cálidos y suaves. La joven se debatió con violencia. Brent notó los movimientos de su esbelto cuerpo, que se frotaba contra el suyo. Una nube de fragancia surgía de su cabello oscuro. Ella le arañó con sus uñas afiladas. Sus pechos se agitaron con el esfuerzo. Se liberó y retrocedió, los ojos brillantes, la respiración entrecortada, el cuerpo en tensión, y apretó la túnica luminosa contra el cuerpo.
—Podría matarte –susurró. Tocó su cinturón enjoyado–. No lo entiendes, ¿verdad?
Brent avanzó.
—Es probable que puedas, pero apuesto a que no lo harás.
La joven dio un paso atrás.
—No seas idiota. –Una fugaz sonrisa pasó por sus labios rojos–. Eres valiente, pero no muy inteligente. En un hombre, de todas formas, no es una mala combinación. Estúpido y valiente.
—Esquivó su mano con agilidad y se puso fuera de su alcance–. Estás en buena forma física. ¿Cómo lo consigues a bordo de esa pequeña nave?
-Cursos de preparación física trimestrales –respondió Brent. Se interpuso entre ella y la puerta–. Debes aburrirte mucho aquí, tan sola. Después de los primeros miles de años debe ser angustioso.
—Siempre se me ocurre algo que hacer. No te acerques más. Aunque admiro tu atrevimiento, te advierto que...
Brent la atrapó. La joven se revolvió como una fiera. Brent aprisionó sus manos detrás de la espalda, arqueó su cuerpo y besó sus labios entreabiertos. Ella respondió con un mordisco de sus diminutos dientes blancos. Brent gruñó y apartó la cara. La muchacha, sin dejar de luchar, rió, con un brillo burlón en sus ojos. Su respiración se aceleró. Tenía las mejillas coloradas, sus pechos casi al descubierto temblaban y su cuerpo se retorcía como un animal atrapado. Brent rodeó su cintura y la aprisionó entre sus brazos.
Una ola de fuerza le golpeó.
Soltó a la muchacha, que recobró el equilibrio con facilidad y retrocedió con gráciles movimientos. Brent estaba doblado por la mitad, pálido de dolor. Un sudor frío cubría su cuello y manos. Se desplomó en un sofá y cerró los ojos. Tenía los músculos agarrotados y el cuerpo transido de dolor.
—Lo siento –dijo la chica. Paseó por la habitación sin hacerle caso–. Ha sido por tu culpa; ya te dije que fueras con cuidado. Será mejor que te largues y vuelvas a tu nave. No quiero que te pase nada. Matar terranos es contrario a nuestros principios.
—¿Qué..., qué ha sido eso?
—Poca cosa. Una forma de repulsión, imagino. Este cinturón fue construido en uno de nuestros planetas industriales. Me protege, pero no tengo ni idea de cómo funciona.
Brent consiguió levantarse.
—Eres muy dura para ser tan joven.
—¿Joven? Soy muy vieja para ser una joven. Ya era vieja antes que tú nacieras. Ya era vieja antes que tu raza fabricara cohetes espaciales. Ya era vieja antes que supieran fabricar ropa y escribir sus pensamientos con símbolos. He visto a tu raza avanzar, caer en la barbarie y avanzar otra vez. Infinitas naciones e imperios. Ya vivía cuando los egipcios empezaron a esparcirse por Asia Menor. Vi a los constructores de ciudades del valle del Tigris levantar sus casas de ladrillo. Vi los carros de guerra asirios dirigirse hacia la batalla. Mis amigos y yo visitamos Roma, Grecia, Minos, Lidia y los grandes reinos de los pieles rojas. Éramos dioses para los antiguos, santos para los cristianos. Vamos y venimos. A medida que tu raza avanza, nuestras visitas son menos frecuentes. Tenemos otras estaciones de tránsito; el de ustedes no es nuestro único punto de parada.
Brent permaneció en silencio. Su cara empezaba a recobrar el color. La chica se había dejado caer en uno de los mullidos sofás; se había recostado contra una almohada y le miraba con serenidad, un brazo caído a un lado y el otro descansando sobre el regazo. Tenía sus largas piernas dobladas bajo el cuerpo, con los diminutos pies apretados. Parecía una gata satisfecha, reposando después de cazar.
A Brent le costaba creer lo que había oído, pero su cuerpo le dolía. Había recibido una ínfima descarga de energía y casi le había matado. Debía pensar en aquello.
—¿Y bien? –preguntó la joven–. ¿Qué vas a hacer? Se está haciendo tarde. Creo que deberías regresar a tu nave. El capitán se estará preguntando qué te ha pasado.
Brent se acercó a la ventana y apartó los pesados cortinajes. El sol se había puesto. La oscuridad se había adueñado de los bosques. Las estrellas ya empezaban a salir, diminutos puntos blancos que se destacaban contra el fondo violeta. A lo lejos se dibujaba la silueta de unas colinas, negras y ominosas.
—En caso de emergencia puedo comunicarme con él. –Brent señaló su cuello–. Puedo decirle que estoy bien.
—¿Lo estás? No deberías estar aquí. ¿Crees que sabes lo que estas haciendo? Crees que me puedes manejar. –Se incorporó un poco y apartó el cabello negro de los hombros–. Veo lo que pasa por tu mente. Soy muy parecida a una chica con la que tuviste un lío, una morena a la que tratabas como te daba la gana, y luego te jactabas de ello ante tus compañeros.
Brent enrojeció.
—Eras telépata. Tendrías que habérmelo dicho.
—Sólo en parte. Justo lo necesario. Tírame tus cigarrillos. Aquí no tenemos esas cosas.
Brent rebuscó en el bolsillo, sacó el paquete y se lo tiró. Ella encendió uno y lo inhaló con aire satisfecho. Una nube de humo gris la envolvió y se mezcló con las sombras de la habitación. Los rincones se fundieron con la penumbra. La joven se convirtió en una forma vaga, encogida en el sofá, el cigarrillo encendido entre sus labios rojos.
—No tengo miedo –dijo Brent.
—No, no eres un cobarde. Si fueras tan inteligente como valiente... Pero entonces no serías valiente. Admiro tu valentía, a pesar de la estupidez que indica. El hombre tiene mucho valor. Aunque está basado en la ignorancia, no deja de ser impresionante. –Hizo una pausa–. Ven a sentarte a mi lado.
—¿Por qué debo estar preocupado? –preguntó Brent al cabo de un rato–. Si no conectas ese maldito cinturón, no me pasará nada.
La muchacha se removió en la oscuridad.
—Hay algo más. –Se incorporó un poco, ordenó su cabello, colocó una almohada debajo de su cabeza–. Somos de razas completamente diferentes. Mi raza lleva un adelanto de millones de años a la tuya. El contacto con nosotros, el contacto íntimo, es mortífero. No para nosotros, por supuesto, sino para ustedes. No puedes estar conmigo y seguir siendo humano.
—¿Qué quieres decir?
—Experimentarás cambios. Cambios evolutivos. Ejercemos cierta influencia. Estamos cargados por completo. Un contacto íntimo con nosotros influirá en las células de tu cuerpo. Esos animales que has visto han evolucionado un poco; ya no son fieras salvajes. Son capaces de comprender órdenes sencillas y seguir rutinas básicas. Sin embargo, carecen de lenguaje. Es un proceso muy largo en animales de ese tipo, y mi contacto con ellos no ha sido muy íntimo, pero tú...
—Entiendo.
—No debemos permitir que los humanos se nos acerquen. Aeetes se ha marchado. Yo soy demasiado perezosa para irme... Me da igual. No soy madura ni responsable. –Sonrió levemente–. Y mi estilo de contacto íntimo es un poco más íntimo que el de la mayoría.
Brent apenas podía distinguir su forma esbelta en la oscuridad. Estaba recostada sobre las almohadas, los labios entreabiertos, los brazos cruzados sobre los pechos, la cabeza echada hacia atrás. Era adorable. La mujer más hermosa que había visto. Al cabo de un momento se inclinó hacia ella. Esta vez, la joven no se apartó. La besó con dulzura. Después, rodeó entre sus brazos aquel cuerpo esbelto y lo apretó contra sí. La túnica crujió. Su cabello suave, cálido y aromático, le rozó.
—Vale la pena –susurró Brent.
—¿Estás seguro? No podrás volverte atrás. ¿Lo entiendes? No volverás a ser humano. Habrás evolucionado, de acuerdo con los parámetros que tu raza seguirá dentro de millones de años. Serás un paria, un precursor del porvenir. Sin compañeros.
—Me quedaré.
Acarició su mejilla, su cabello, su cuello. Sintió el latido de la sangre bajo la piel aterciopelada, un veloz latido en el hueco de su garganta. Respiraba con rapidez; sus pechos subían y bajaban, se apretaban contra él.
—Si me dejas –añadió.
—Sí –murmuró ella–.Te dejaré, si eso es lo que en verdad deseas, pero no me eches la culpa. –Una sonrisa triste y traviesa a la vez pasó por sus afiladas facciones. Sus ojos centellearon–. Promete que no me echarás la culpa. Ya ha sucedido otras veces... Detesto que la gente me haga reproches. Siempre digo nunca más. Sin importar lo que ocurra.
—¿Ha sucedido otras veces?
La muchacha lanzó una suave carcajada. Le besó apasionadamente y le abrazó.
—En once mil años –susurró–, ha sucedido muy a menudo.
 
El capitán Johnson pasó muy mala noche. Trató de localizar a Brent con el comunicador de emergencia, pero no obtuvo respuesta, tan sólo una débil estática y el eco lejano de un programa televisado de Orión X. Música de jazz y anuncios empalagosos.
Los sonidos de la civilización le recordaron que debía proseguir su misión. Sólo le habían autorizado a permanecer veinticuatro horas en el planeta, el más pequeño del sistema.
—Maldita sea –masculló.
Preparó una cafetera y consultó su reloj. Después, salió de la nave y paseó un poco bajo el sol de la mañana. La atmósfera había pasado del violeta oscuro al gris. Hacía un frío de mil demonios. Se estremeció, pateó el suelo y observó que algunas aves revoloteaban alrededor de los arbustos.
Empezaba a pensar en que debía haber dado cuenta a Orión XI cuando la vio.
La joven se acercó con paso rápido a la nave. Era alta y delgada, vestida con una chaqueta de piel.
Johnson se quedó clavado en su sitio, patidifuso, tan asombrado que ni siquiera se le ocurrió sacar la pistola. Abrió y cerró la boca cuando la muchacha se detuvo a escasa distancia y empujó su cabello negro hacia atrás. Una nube de aliento plateado surgía de su boca.
—Lamento que haya pasado una mala noche –dijo–. Ha sido por mi culpa. Tendría que haberle enviado de regreso en seguida.
El capitán Johnson abrió la boca, sin salir de su asombro.
—¿Quién es usted? –farfulló, aterrorizado–. ¿Dónde está Brent? ¿Qué ha pasado?
—Ahora viene. –Se volvió hacia el bosque y movió la mano–. Creo que debe marcharse sin más dilación. Él quiere quedarse aquí y es mejor así..., porque ha cambiado. Será feliz en mi bosque con los demás... hombres. Es curioso lo idénticos que llegan a ser los humanos. Su raza avanza por un sendero muy extraño. Quizá nos fuera útil estudiarles, algún día. Debe estar relacionado con su pobre nivel estético. Por lo visto, poseen una vulgaridad innata que acabará por dominarles.
Una extraña forma surgió del bosque. Por un momento, el capitán Johnson pensó que sus ojos le engañaban. Parpadeó, aguzó la vista, lanzó un gruñido de incredulidad. Aquí, en este remoto planeta..., pero no había error. Se trataba, definitivamente, de un gigantesco animal parecido a un gato, que salió del bosque y se acercó a la joven con parsimonia, como afligido.
La muchacha se alejó, y luego se detuvo para agitar la mano en dirección al animal, que paseó alrededor de la nave sin dejar de gemir.
Johnson contempló al animal y experimentó una oleada de miedo. Su instinto le dijo que Brent no volvería a la nave. Algo había ocurrido en este extraño planeta. Aquella chica...
Johnson cerró la escotilla de aire y se precipitó hacia el panel de control. Tenía que llegar a la base más próxima y redactar un informe. Esto exigía una completa investigación.
Cuando los cohetes se encendieron, Johnson miró por el visor. Observó que el animal agitaba en vano una enorme pata en dirección a la nave que se alejaba.
Johnson se estremeció de pies a cabeza. Aquel gesto le recordaba demasiado al de un hombre encolerizado...
Érase un país donde todos
eran ladrones



Ítalo Calvino
  
Por la noche, cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna para ir a saquear la casa de un vecino. Al regresar, al alba, cargado, encontraba su casa desvalijada.
Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos, y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos, y no había ni ricos ni pobres.
Pero he aquí que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en lugar de salir con la bolsa y la linterna, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas.
Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían.
Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa, era una familia que no comía al día siguiente.
Frente a esas razones el hombre honrado no podía oponerse. También él empezó a salir por la noche para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua. Volvía a casa y la encontraba saqueada.
En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un céntimo, sin tener qué comer, con la casa vacía. Pero hasta ahí no había nada que decir, porque la culpa era suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden. Porque él se dejaba robar todo y entre tanto no robaba a nadie; de modo que había siempre alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta; la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando. Y por otro lado, los que iban a robar a la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía; de modo que se volvían pobres.
Entre tanto los que se habían vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos que se hicieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres.
Pero los ricos vieron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo se volverían pobres. Y pensaron: “Paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta”. Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes: naturalmente siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres les robaban. Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casas, y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles.
De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado, ya no se hablaba de robar o de ser robados sino sólo de ricos o de pobres; y sin embargo, todos seguían siendo ladrones.
Honrado sólo había habido aquel fulano… y no tardó en morirse de hambre.

sábado, 14 de enero de 2012

Entrevista a Nicanora Parra


por Mario Benedetti  
Revista Marcha, 17 de octubre de 1969.


En la semana que pasé en Santiago, dos acontecimientos se juntaron para sacudir el territorio cultural chileno: pocos días después de que le fuera otorgado a Nicanor Parra el Premio Nacional de Literatura, Pablo Neruda era proclamado candidato del Partido Comunista a la Presidencia de la República. El poeta de Isla Negra concedió muchas entrevistas, pero la plataforma de su eventual "presidencia en la tierra" produjo algunas sorpresas. De más está decir que la prensa conservadora destacó con particular fruición la formal promesa del informal candidato: en caso de salir triunfante, respetará la industria privada.
En vista de lo cual me fui a La Reina, donde Nicanor vive en su cuarta o quinta soledad, pero sin concederle ventajas a la melancolía. La verdad es que el prestigio literario de Parra en las nuevas promociones chilenas, es lo suficientemente firme y creciente, como para que su madurez se agite con un Premio Nacional más o menos; sin embargo, lo hallé más alegre que otras veces, y también más seguro, más tranquilo. Creo que algo de eso se refleja en las respuestas que, durante una hora, le pedí para Marcha.
 
-Ha aparecido tu Obra gruesa, y acabas de obtener el Premio Nacional. ¿No crees que en este período tan especial de tu trayectoria literaria, puedes correr el riesgo de monumentalizarte?
-Ese peligro está latente en la vida de todo escritor y en todo momento. En este caso, sin embargo, debes pensar que yo llego a este premio a pulso, sin compromisos con instituciones, corporaciones, partidos políticos. Nada. Prácticamente contra todo. Es un premio a contrapelo. De modo que el peligro que corro es de exagerar la nota. Me parece que el peligro verdadero sería creer que lo que he hecho está realmente bien, e insistir en esa línea y subrayar demasiado algunas direcciones. Ése es el peligro que yo veo, por cierto estoy alerta para tomar las medidas de rigor.

-¿No puedes anunciar algunas de esas medidas?
-La primera: dormir mucho. En realidad, tengo que reponerme de este temporal de felicitaciones, saludos, sonrisas y sobre todo de tragos. Trago blanco, y del otro.

-Pero no malos tragos.
-Malos tragos, no. ¿Por qué vamos a ser tan sutiles?

-Con o sin Premio Nacional, tu obra ya estaba, es cierto; pero esta circunstancia, ¿no te hace de algún modo mirar retrospectivamente hacia ella? Y en tal caso, ¿qué impresión te produce esa mirada hacia atrás?
-La sensación que se tiene al mirar hacia atrás es la del ascenso de una cuesta que se hace cada vez más empinada. Los primeros tramos son fáciles de subir, pero a medida que pasa el tiempo vemos que las dificultades se multiplican y que la posible meta se hace cada vez más distante.

-Considerando que Obra gruesa es en cierto modo tu obra completa, ¿por qué falta allí el primer tramo de esa cuesta?
-Por pudor. Tú te refieres a Cancionero sin nombre. Ese libraco es lo que se llama ordinariamente un "pecado" de juventud. Es un libro garcialorquiano, demasiado influido por el autor de... Se me han olvidado las obras de mi maestro: fíjate tú la situación en que me encuentro. Ah, Romancero gitano y otros libros. Y también faltan en la Obra gruesa algunos otros textos: por ejemplo, un trabajo que se llama Ejercicios retóricos, que es un conjunto de veinte y tantos poemas que publiqué en una revista chilena hace tiempo y que (por consejo de un yerno mío, Ronald Kay, que está doctorándose en estética en Alemania) decidí suprimir de ese volumen, porque se trata de una poesía de transición. Tal vez desde un punto de vista antropológico, habría sido útil ponerla, ya que allí se podía percibir la influencia que tuvo Whitman en mis primeras incursiones hacia un lenguaje más democrático y hacia una poesía más de la calle. Por otra parte, también faltan los Artefactos que son los últimos textos que estoy escribiendo y que son muy problemáticos y muy polémicos y entonces me pareció que, desde un punto de vista estratégico, no convenía incluirlos en la Obra gruesa. Pretendo que se juzgue este período de mi trabajo, independientemente de los Artefactos. Quiero dejarlos para una segunda vuelta.

-¿Consideras que los Artefactos son el comienzo de una nueva serie?
-Pueden ser el comienzo de una nueva serie, o también el fin de fiesta. Eso está por verse.

-Me ahorraste un poco el trabajo mencionando dos influencias: García Lorca y Whitman. Ahora bien, ¿cuáles tan los otros nombres importantes que de alguna manera pesan (con un buen peso) sobre tu obra?
-Hay muchos autores que he leído con verdadera voracidad y con admiración ilimitada. Desde luego, considero que uno de mis antepasados más remotos es Aristófanes; en seguida hay que mencionar a Luciano. Los Sueños de Luciano me interesaron muchísimo en una época, a pesar de que, más que una influencia, se trataba de una confirmación. En el plano de las influencias, o de las lecturas atentas, debo mencionar una obra que es poco conocida pero que yo leí con mucho interés y estudié a fondo. Me refiero a la Gesta Romanorum, que es una colección de cuentos medievales, conservados por los monjes, y que constituye la base de un autor como Bocaccio o de una obra como The Canterbury Tales. Tal vez en los cuentos de la Gesta Romanorum estén los primeros gérmenes de la novela de caballería. Los leí un poco tarde, en 1950, en Inglaterra, pero todavía pesan sobre mí, todavía resuenan en mí los ecos de esa obra. Después habría que mencionar precisamente los cuentos erráticos y cómicos de Chaucer, traducidos al castellano por Jorge Elliot; me parecieron unos cuentos soberbios. Luego, siguiendo el orden cronológico, tendría que saltar directamente a Cervantes: su teatro, y naturalmente el Quijote. En materia poética estricta, admiro aun a poetas como el Arcipreste y el Romancero y el Poema del Cid. De ahí salto a Quevedo, y luego a un autor menor, pero sumamente importante: Gustavo Adolfo Bécquer. Esto puede parecer una novedad, o un chiste, o una cana al aire, pero en realidad es así. Confidencial y sentimental en el buen sentido de la palabra, Bécquer me llamó siempre la atención en relación con el grueso de la retórica en la poesía española de la época. A lo mejor es también una influencia: a Rodríguez Monegal se le ocurrió que en los entretelones de las Canciones rusas está nada menos que la voz de Bécquer. Yo creo que esto es ir demasiado lejos. Pero de cualquier manera es necesario dejar impreso el nombre de Bécquer en esta parte de la pregunta. Pasando a la literatura actual, mi maestro absoluto ha sido Kafka. El año pasado, de vuelta del Congreso Cultural de La Habana, a pesar de que tenía diligencias muy urgentes que atender en Suiza, en París y también en Chile, me detuve un mes en Praga para seguir la huella kafkiana, y no quedé tranquilo hasta llegar a su tumba; en cierto modo puedo decir que la desvalijé porque me apropié de unos pequeños candelabros que dejan allí los turistas. Son unos candelabros populares muy baratos, de modo que el monto del robo no fue muy alto. Ah, y el otro Kafka de la mímica, que es Chaplin y que también me interesa profundamente. Estos dos personajes, y sobre todo un tercero, que es el roto chileno (ya sea el roto campesino, el huaso, o el roto propiamente tal). Ese sujeto está siempre enseñándome, y si tuviera que elegir realmente entre todos a mi maestro, por cierto me sacaría el sombrero ante este personaje. He tenido la oportunidad de estudiar, más menos detenidamente la obra de los poetas populares chilenos del siglo XIX, y ya hace unos veinte o veinticinco años que llegué a la conclusión de que lo más importante de la poesía chilena del siglo XIX, estaba en la poesía popular, a pesar de que Chile no ha producido todavía un Martín Fierro. Ahí están todos los gérmenes, todos los elementos de juicio. Por cierto que hay además otros influencias en la poesía chilena; hay algunos hilos, tejidos a partir de Vicente Huidobro, de Neruda, de la propia Gabriela Mistral y de un poeta que es una transición entre la poesía popular y la poesía culta chilena, que es Pezoa Véliz. Muchas veces se ha dicho que si Pezoa Véliz hubiera vivido un poco más, habría sido el autor de los Antipoemas. Claro que he leído la literatura francesa y allí también hay algunas pistas que seguir. Un estudiante alemán, Thomas Stromm, vino el año pasado a Chile para escribir una tesis sobre la antipoesía y el resultado de su tesis se llama François Villon y Nicanor Parra; sostiene que hay una relación bastante grande entre los dos tipos de poesía, lo que no puede ser novedoso para nadie, ya que François Villon fue un poeta popular de su época, y yo he estudiado mucho esa línea. Las temas de la poesía popular se repiten en los diferentes idiomas especialmente en los de origen latino. Creo que con este informe queda más o menos respondida la pregunta, claro que en líneas generales. Hay otras influencias; prácticamente no hay autor que uno lea, no hay persona con que uno hable, que de una manera u otra no lo influya a uno. La influencia del interlocutor; yo por lo menos estoy siempre abierto a ese tipo de influencia. Me parece que es la influencia más sana y más vivificante.

-¿Algún hecho político ha tenido influencia sobre tu obra?
-Sobre mi obra, es más difícil. Más bien sobre mi persona exterior, y sobre algunos afectos, sobre algunas zonas del alma individual, evidentemente han influido algunos hechos políticos, que podríamos llamar espacio-temporales. Pongo por caso la revolución española, la Segunda Guerra Mundial, que me hizo vibrar muy profundamente (pensé alguna vez escribir la poesía de la Segunda Guerra Mundial, pero no disponía de los elementos, y además es un problema insoluble, irrealizable); y por cierto la Revolución Cubana ha sido la explosión más directa y la que más me ha interesado, la que ha desencadenado más fuerzas. Desgraciadamente yo no soy un poeta político; no soy un poeta que trabaja con Ideas ni con sentimientos. Yo no sé con qué demonios trabajo.

-A veces, a pesar tuyo eres un poeta político, indirectamente político.

-Sí, en realidad, por una especie de reducción al absurdo. El adjetivo que más acepto es el de existencial. Trabajo con los problemas permanentes, más que con lo transitorio. A pesar de que parece que de una u otra manera incorporo lo transitorio; hago una presentación transitaría de lo permanente, tal vez. No tengo la menor idea. Pero en realidad no soy un poeta de encargo, ni un poeta que trabaje por motivos ideológicos: a pesar de que tengo mis posiciones en la práctica. Y en la actualidad sufro diariamente con la guerra de Vietnam, con las situaciones africanas y con esa otra guerra lenta que está desmoronando nuestros pueblos que es la miseria, el subdesarrollo. Pero, para ser sincero, me parece que eso pertenece al dominio de la razón; y tal vez la poesía opere en cambio en las zonas más oscuras del ser. De aquí yo siempre he derivado un análisis que me permite enfocar la poesía política propiamente tal: pienso que la poesía política es desde luego necesaria, pero desde un punto de vista estético, poético estricto, parecería que está condenada a operar con elementos más fungibles que la otra. Tal vez sea ésta una de las razones por los cuales la poesía política por lo común no logra concretarse en obras realmente duraderas.

-Entre los escritores latinoamericanos ¿a quién consideras tus compañeros? Me refiero sobre todo a una afinidad literaria.
-Ah, como afinidad. Desde luego, a Cardenal. Me siento muy próximo a Cardenal, aunque soy consciente también de las diferencias. Es un hombre más equilibrado que yo, y ha logrado integrar mejor que yo lo existencial con lo temporal; de eso estoy absolutamente consciente, y admiro especialmente su "Oración por Marilyn Monroe". Con otro escritor con quien me siento muy codo con codo, es con Cortázar. Tal vez éstos sean los autores que están más cerca de mi manera de ver las cosas. Lo que no quiere decir que no tenga admiraciones profundas por hombres como, por ejemplo, Juan Rulfo. Creo que Rulfo está trabajando materiales más duraderos y profundos que los del propio Cortázar. Creo que esa línea de trabajo es mucho más americana, más coherente, más compacta que las maravillosas pirotecnias de Cortázar. Habría que mencionar además el nombre de un escritor como Arguedas, que es una especie de Rulfo peruano. Tal vez podría introducir aquí una ocurrencia que convendría dejar establecida en alguna parte, ya que me vino a la mente en este instante. Se me ocurre que hay un poema por escribir en Hispanoamérica, que sería el homólogo del Martín Fierro pero referido a la poesía afrocubana, a la poesía del Caribe, a la poesía negra. No se ha producido todavía allí una obra de la envergadura del Martín Fierro, y están dadas todos los elementos histórico culturales, antropológicos, etnológicos; están todos los materiales. Es claro que ninguno de nosotros va a poder realizar esa obra. Ni tú ni yo, porque pertenecemos al Cono Sur. No tenemos la experiencia; sería una farsa si emprendiéramos un trabajo de esa naturaleza. Y hasta hace poco faltaba un poema que surgiera del tango, del folklore porteño, pero en la actualidad ese poema está escrito y se llama Rayuela. En 1946 estuve en una universidad norteamericana, de profesor visitante, y reclamaba el poema del Caribe y el poema del tango argentino, y ahora vemos que por lo menos éste está escrito. Queda pendiente el gran poema negro para los poetas del Caribe.

-¿Conoces Gotán, de Juan Gelman?
-No he leído precisamente Gotán. Conozco otros poemas de Gelman, que me interesan mucho. Si he leído Argentino hasta la muerte de Fernández Moreno. No sé si habrá un paralelo entre esos poetas. La línea es bastante interesante.

-En tu obra como en la de pocos poetas, me parece hallar una carga del yo. No una carga ególatra, sino un peso específico del yo. ¿Cuál sería tu explicación?
-Yo he ejercido siempre la poesía como una inmersión en las profundidades del yo. Este yo no es el yo individual, sino el yo colectivo, naturalmente. El yo de que se habla en la Obra gruesa es un yo difuso, en último término el yo de la especie. Concibo la poesía como un estudio, como una investigación, como una iluminación de algunas zonas oscuras, de algunas zonas que aún no están a la vista, de este personaje que es la especie humana, el yo humano. No es el yo lírico con el que trabaja el poeta común y corriente; es un yo psicológico, de varios pisos, y lo que interesa es profundizar, llegar al subterráneo.

-¿Puedo hacerte un test?
-Cómo no.

-En el poema tuyo que precisamente se llama "Test", dices:
¿Qué es la antipoesía?
¿Un temporal en una taza de té?
¿Una mancha de nieve en una roca?
¿Un azafato lleno de excrementos humanos como lo cree el padre Solvatierra?
¿Un espejo que dice le verdad?
¿Un bofetón al rostro
del presidente de la Sociedad de Escritores?
(Dios lo tenga en su santo reino)
¿Una advertencia a los poetas jóvenes?
¿Un ataúd a chorro?
¿Un ataúd a fuerza centrífuga?
¿Un ataúd a gas de parafina?
¿Una capilla ardiente sin difunto?
Marque con una cruz
la definición que considere correcta.
-Yo te pido exactamente eso: que marques con una cruz la definición que consideres correcta.
-Mira, hay tantas cruces como versos. Y quedan algunas cruces pendientes.

-¿O sea que todas son correctas?
-Son aproximaciones. En buenas cuentas, la idea del poema es tratar de definir el antipoema desde diferentes ángulos.

-¿Y habría alguna definición que sintetizara todas las aproximaciones?
-¿Una definición del antiopoema? Bueno, yo acabo de dar una definición de artefacto: los artefactos resultan de la explosión del antipoema. Se podría dar una definición al revés. Decir, por ejemplo, que el antipoema es un conglomerado de artefactos a punto de explotar.

-¿Cómo llegaste a la concepción del antipoema?
-Bueno, allá por 1938, súbitamente me sentí interesado en el proceso de la poesía chilena. Leyendo la famosísima antología hecha por Volodia Teitelboim y Eduardo Anguita, que se llama Antología de poesía chilena nueva, donde se podían ver textos de poetas como Neruda, Huidobro, Rosamel del Valle, Humberto Díaz Casanueva, Omar Cáceres, me sentí terriblemente impresionado por esta obra y pensé que yo podía hacer algo parecido; pero a los pocos pasos me pregunté acerca de la necesidad y la función de un trabajo de esta naturaleza. Y no pude contestar esta pregunta de inmediato. Pero después de mucho dar vuelta materiales de trabajo, llegué a una perogrullada, en realidad a una perogrullada aparente, ya que cuando se la vive en carne propia, deja de serlo. Esa perogrullada es la siguiente: poesía es vida en palabras. Me pareció que ésa era la única definición de poesía que podía abarcar todos las formas posibles de poesía. Entonces me di a la tarea de producir una obra literaria que satisfaciera también esta definición, y resultó que mientras más trabajaba, más me interesaba en la palabra vida, y ésta llegó a interesarme mucho más que la propia poesía. Y resultó que la poesía, tal como se la practicaba, en cierta forma divergía de lo que podemos llamar la noción de vida. Partía solamente de ella, pero no volvía. Todavía no se hablaba del antipoema. Crear vida en palabras: realmente eso es lo que me pareció que tenía que ser la poesía. Una vez que se acepta este punto de partida, caben muchas cosas en la poesía: no tan sólo las voces impostadas, sino también las voces naturales; no tan sólo los sentimientos nobles, sino también los otros; no tan sólo el llanto, sino también la risa; no tan sólo la belleza, sino también la fealdad. Me pareció que la clave de todo el problema estaba en la palabra vida; y la antipoesía no es otra cosa que vida en palabras. También tengo que advertir algo en relación con el lenguaje. Me pareció que el lenguaje habitual, el lenguaje conversacional, estaba más cargado de vida que el de los libros, que el lenguaje literario, y hubo un tiempo en que yo no aceptaba en los antipoemas sino expresiones coloquiales. El test que aplicaba a una expresión era si se podía usar o no en una conversación real; después me tranquilicé un poco y acepté también como elementos vitales los propias creaciones humanas. El lenguaje escrito es una creación del hombre, es uno experiencia humana, y en cierta forma también es vida; de manera que los propios libros no están descartados de la antipoesía. Al contrario: alguien ha dicho por ahí que la antipoesía es una síntesis de lo popular y lo sofisticado.

-La primera vez que estuve en Chile, en 1962, oí decir que tu poesía era anti-Neruda. ¿Crees que empezó así o que simplemente Neruda estaba incluido en una concepción de la poesía a la que tú tratabas de oponerte o de transformar?
-Para ser sincero, Neruda fue siempre un problema para mí; un desafío, un obstáculo que se ponía en el camino. Entonces había que pensar las cosas en términos de este monstruo. De modo que, en ese sentido, la palabra Neruda está allí como un marco de referencia. Más tarde la cosa ha cambiado. Neruda no es el único monstruo de la poesía; hay muchos monstruos. Por una parte hay que eludirlos a todos, y por otra, hay que integrarlos, hay que incorporarlos. De modo que si ésta es una poesía anti-Neruda, también es una poesía anti-Vallejo, es una poesía anti-Mistral, es una poesía anti-todo, pero también es una poesía en la que resuenan todos estos ecos; de modo que no sé si es realmente justo decir que en la actualidad la antipoesía se puede definir exclusivamente en términos de Neruda.

-Seguramente habrás oído la opinión de algunos críticos, referida a la actual literatura latinoamericana, más concretamente a la narrativa: opiniones que sostienen que la palabra ha pasado a ser el protagonista de la actual literatura latinoamericana. ¿Crees que es cierto?
-En cierto sentido, sí. En la propia antipoesía, he tenido que hacer extraordinarios esfuerzos para pasar de la anterior retórica, o sea de las palabras viejas, a lo que podría llamarse un poco vanidosamente las palabras nuevas. He tenido preocupaciones muy hondas en relación con el uso de las palabras, pero una vez que se ha rescatado un lenguaje conversacional, de todos los días, resulta que esas palabras en un segundo movimiento, están allí solamente para expresar realidades que están más allá de ellas mismas; o sea que son simplemente un medio. De manera que es un problema más complejo; es un problema doble. Me parece que tiene que producirse el mismo fenómeno en la narrativa. Tengo entendido que lo primero que tiene que conquistar un narrador es la respiración de su propio idioma hablado, y es claro que tiene que hacer un gran esfuerzo para renunciar y para extirpar de las palabras las viejas asociaciones. Pero supongo que una vez que está en posesión de ese instrumento, lo que lo queda por hacer es simplemente trabajar con él, y aplicarlo a las realidades objetivas y concretas del mundo que lo rodea.

-Has mencionado un término que puede ser clave: instrumento. Más que un protagonista, quizá sea un instrumento: más afinado, más ajustado, más funcional tal vez.
-Acaso lo que los críticos han querido decir es que nosotros estamos haciendo un esfuerzo por construir nuestras herramientas de trabajo.

-En eso estamos de acuerdo.
-Pero una vez que las herramientas están construidas, hay que usarlas.

-Cuando se habla del "boom" de la literatura latinoamericana, casi siempre es en relación con la narrativa. ¿Qué pasa con la poesía? Me parece que ha tenido, desde mucho antes, un nivel alto en América Latina. Entonces, ¿por qué el "boom" no tiene en cuenta la poesía?
-Lo que pasa es que el "boom" de la poesía ya existió. El "boom" de la prosa hispanoamericana es un fenómeno de adolescencia, que tiene que ver con las espinillas, la aparición del bigote y de la barba, el cambio de la voz. Estamos pasando de la infancia a la madurez en materia de narración; y este proceso ya lo vivió la poesía hace algunos años, por ejemplo, con la aparición de los poetas nuevos. Recordemos que el primer Premio Nobel no recayó sobre un prosista sino sobre un poeta. De manera que la poesía está bien, gracias: hace mucho tiempo que llegó a su mayoría de edad. Es una dama respetable.

-¿No crees, sin embarqo, que hay alguna diferencia entre esa resonancia (que entonces no se llamaba "boom") de la poesía, y el "boom" actual de la narrativa, en el sentido de que ahora hay una connotación más comercial en el aparato que rodea a los autores?
-Eso es natural. Siempre hay un aparato comercial en torno a la novela, que es un elemento de comercio, una mercadería. La poesía nunca lo ha sido. De manera que el impacto o la proyección de la poesía de un Neruda o de un Huidobro, ocurrió exclusivamente en los planos literarios estrictos, por la naturaleza misma del trabajo poético. Ahora bien, por la naturaleza misma del trabajo de la narración, que es una mercancía, es natural que se produzca en torno a ella un revuelo de carácter comercial. Hay gente que puede ganar dinero a partir de la narración; lo que no ha ocurrido, ni ocurre, ni ocurrirá, con la poesía.

-Tú tienes un poema, "Manifiesto", que hace algunos años publicamos en la revista Número. Es un poema que me gusta mucho, y que me parece en algún sentido precursor, ya no de ciertos poemas que se escriben actualmente, sino de ciertos conflictos en que hoy está inmerso el intelectual, en relación con fenómenos políticos y sociales de distinto orden. Por ejemplo, dices en ese poema "Poesía basada / en la revolución de la palabra". Lo dices irónicamente, e incluso pones entre comillas: "Libertad absoluta de expresión". ¿Qué conexión hallas entre ese poema tuyo y estos problemas surgidos en los últimos tiempos?
-En realidad, yo viví muy intensamente y en carne propia, el problema que podría llamarse del compromiso del escritor. Lo viví en dos planos: el de los sentimientos y el plano intelectual. Y me puse a estudiar este problema, porque me pareció que no era la primera vez que se planteaba. Y me encontré que esto había ocurrido exactamente en la época del surrealismo. Estudié a fondo los conflictos político-literarios de los surrealistas; me sintonicé en la forma que pude con los planteamientos. Todavía recuerdo que allí se originó un grupo de escritores que pensaban que obra y acción debían ser términos prácticamente coincidentes; en cambio, había otro grupo disidente (que podría llamarse el de los librepensadores en materia literaria). Todos eran gente de avanzada política, pero estos últimos pensaban que el poeta tenía derecho a sus lucubraciones propias. Trabajé mucho con esas ideas y por otra parte en la época en que escribí el "Manifiesto" hice un viaje por China. Recuerdo de este viaje muchas cosas, pero especialmente la siguiente: una respuesta en tres partes que se me dio en la víspera de mi regreso a Chile, a una pregunta que yo estaba formulando de manera un poco irrespetuosa, un poco irreverente, desde que llegué a China. Terriblemente interesado en la Revolución China, y en incorporarme de alguna manera a la acción político literaria, preguntaba cuáles eran los deberes del poeta revolucionario, según Mao Tsetung y según el código revolucionario chino. Muy cortésmente los chinos eludieron la respuesta cada vez que yo formulaba mi pregunta, pero el último día, mientras tomábamos algunos tragos, y comíamos pato en un restorán de Pekín, uno de los amigos chinos dijo más o menos lo siguiente: "Amigo Parra, usted ha estado preguntando insistentemente cuáles son los deberes del poeta revolucionario. Ahora le vamos a contestar. Primero: ubicar al enemigo. Segundo:tomar puntería. Tercero: disparar." Bueno, me quedé encantado con estos tres consejos, me volví a Chile y ubiqué rápidamente al enemigo, tomé puntería, pero no me atreví a disparar. Realmente, se produjo un proceso de inhibición. Iba a escribir un libro, cuyo título existe: Poemas prácticos. No sé si tú recuerdas, pero alguna vez se anunció ese libro. Iba a ser un libro político, y el primer poema iba a ser "Manifiesto". Uno de los poemas que venían a continuación se llamaba "Mensaje presidencial". Yo partía de la base de que ese poema iba a ser una especie de canto del cisne del capitalismo agonizante: en buenas cuentas, me inspiraba yo en el último mensaje presidencial del presidente Alessandri. Imaginaba yo que él hacía allí una defensa de su régimen, es decir una defensa flaca y ridícula del capitalismo. En mis cuadernos deben estar los borradores de ese poema, que a lo mejor algún día voy a rescatar. Luego venía otro poema que se llamaba: "Instrucciones para la construcción de mi monumento", que se suponía que también era un parlamento del presidente Alessandri. Yo consideraba en aquella época, no sé si con o sin razón, a Jorge Alessandri realmente como el cisne del capitalismo criollo. Pensaba que aquél era el canto del cisne, pero resulta que ahora está otra vez en puerta...

-Está cantando de nuevo.
-Sí, está cantando de nuevo el hombre. Algo ocurrió después en mi experiencia política personal (no recuerdo qué) y me desinflé. Nunca terminé de escribir este libro; ya no lo llevé adelante. Pero a lo mejor, alguna vez vuelvo a las andadas. Me parece que me he alejado un poco de la pregunta.

-No, todavía sigues en ella.
-Bueno, es un poema que lo viví y lo pensé por allá por el año 1960. En realidad, el "Manifiesto" lo empecé a trabajar mucho antes. En este poema además hay otra idea: yo quería ver si era posible hacer una poesía de tipo ensayo, una poesía esnsayística a base de ideas. La respuesta es positiva: aunque este poema sea un poema frustrado, un poema a medio camino, en todo caso está a medio camino, o sea que está en alguna parte, no se quedó en el punto de partida. Es posible trabajar la poesía a base de ideas; así parece. O sea poner las ideas en primer plano; y las sensaciones, las impresiones, la poesía propiamente tal, en un segundo plano.

-Alguna vez has intentado escribir en otro género que no fuera poesía?
-Realmente, yo me inicié como prosista. En el año 1935, con Jorge Millas, Carlos Pedraza y otros compañeros de adolescencia, publicamos una revista (Revista Nueva) y en los dos primeros números (no llegamos al tercero) vienen algunos trabajos míos en prosa. El primero se titula "Gato en el camino". Es un cuento; realmente un anticuento. No sé si lo has visto alguna vez. Mira, es posible verlo, porque Jorge Álvarez acaba de hacer una antología de la prosa chilena, y este bárbaro, sin anotar la fecha en que fue escrito este anticuento lo incorporó ahí, en medio de los prosistas chilenos maduros. De modo que yo en realidad soy un prosista frustrado: empecé como prosista y después derivé hacia la poesía, claro que muy rápidamente, porque fuera de ese cuento sólo está un documento muy estrambótico que publiqué en el segundo número, que se llama "El ángel (Tragedia novelada)" y que es teatro nudista. Eso es una cosa que convendría subrayar ahora que el teatro nudista está tan en boga; yo soy un precursor, porque en la introducción de la obra se dice: "todo el mundo desnudo". Hubo algunos aislados intentos prosísticos; deben ser una media docena de trabajos, semicuentos o cuasi cuentos. En realidad, el cuento propiamente tal, yo no lo concibo, como tampoco concibo la novela propiamente tal. Me interesan más bien en su estado de bocetos, o de bichos más o menos informes; me interesa más un renacuajo que la rana completa: me interesa más el insecto a medio camino, que el insecto perfecto. Tal vez debido a eso no he persistido en el trabajo de la prosa, que es más coherente que el poético. Pero de todos modos, alrededor de 1950, me puse a llevar una especie de diario, que no es exactamente un diario sino un revoltijo, una ensalada rusa donde yo anoto, o anotaba, o todavía algunas veces anoto, lo que me pasa por la cabeza, lo que me parece interesantón, aquello en que hay gato encerrado. Una idea, una ocurrencia. un párrafo de un libro, un chiste, un titular de prensa, cualquier cosa que me dice algo; y con el tiempo, y a través de un proceso puramente acumulativo, se fue formando allí una especie de obra extraña, que cumple con los siguientes funciones: es una suerte de depósito de ocurrencias o de ideas, que pueden desarrollarse, o no pueden desarrollarse, más tarde. Me imagino que de allí va a salir alguna vez un trabajo, por lo menos un volumen; hay notas de viaje; hay cuadernos sobre los viajes a Cuba; libretas sobre las giras por la Unión Soviética, por China, por los Estados Unidos; romances, cartas, anotaciones epistolares, conflictos personales y ultrapersonales, confesiones extremas, casi pornográficas; una configuración muy singular de elementos que a lo mejor alguna vez pueden dar origen a una "obra literaria". En realidad, es también una especie de depósito, de detritus literario. Pero sabemos muy bien que el hidrógeno tiene un ciclo muy determinado, de modo que lo que hoy es detritus, mañana pasa a ser flor, y viceversa.

-Tú mencionaste ciertas confesiones casi pornográficas. A veces en la propia antipoesía rozas esa zona, o por lo menos tratas lo erótico con un sentido muy particular. ¿Ello se integra con alguna especial visión del mundo, de la mujer, o qué?
- A mí me parece que el sexo es lo que hace marchar el mundo. Alguna vez me han preguntado qué es lo único que queda en pie en esta hecatombe de la antipoesía. Realmente quedan muchas cosas en pie. Por lo menos una muchacha desnuda que se lanza de cabeza a una piscina. Eso queda realmente; eso es algo intocable; es un misterio para mí indescifrable. Lo más que yo puedo hacer es reírme de una muchacha desnuda, pero solamente cuando no hay ninguna posibilidad de tocarla. O sea un poco el cuento del zorro y las uvas. Pero el respeto por las uvas es absoluto. Tal vez esto esté en la base de la antipoesía, y explique de alguna manera el goce sensual extremo que se pone en algunas líneas. Por lo demás, no me arrepiento de esto. Corresponde a maneras de ser momentáneas y me he estado dando cuenta, últimamente, que en esta dirección se está desarrollando una parte de la literatura y del arte actuales: el porno-arte es algo que está en las primeras páginas de todas las revistas literarias. De manera que yo no soy el único deseaminado, el único deschavetado.

-Afortunadamente. Bueno. ¿y cuál es tu mejor poema?
-Aquí hay que contestar con palabras cabalísticas. El mejor poema es el que no se ha escrito y el que no se escribirá jamás.

-¿Y de los ya escritos?
-Ah, de los ya escritos. En realidad, tendría que leerlos. Bueno, posiblemente el poema que goce de mayor simpatía ante mí, sea una cosa que está bastante lejos de ser poema. Es un documento, una especie de alarido: el "Soliloquio del individuo". Parece que por lo menos una corriente de la crítica coincide también con el autor. Es una cosa que salió no sé cómo, porque hay un abismo entre ese poema y todo el resto de la obra. El resto parece una poesía más o menos calculada: en cambio el "Soliloquio" es una obra muy enigmática. No he querido repetirlo. Podría repetirlo, y en cierta forma, lo repetí en ese poema que se llama "La mujer", pero no lo puedo hacer por razones éticas. Me parece que el trabajo de un poeta no consiste en hacer empanadas (repetir una empanada igual a la otra) sino que siempre tiene que estar buscando algo nuevo. El poeta para mí no es un artesano. En esto disiento profundamente del punto de vista de algunos críticos e incluso de algunos filósofos, que han pretendido reducir el trabajo del escritor a una labor de artesanía. Si se puede hablar de iluminación, o de revelaciones, me parece que algunas de ellas se dan en ese poema. Es un poema revelado; en cambio los otros son poemas elaborados, que pueden tener o no fragmentos de iluminación.

-¿Cuál crees que es la mejor resonancia, la resonancia más positiva que tiene tu obra en las generaciones más jovenes tanto de poetas como de no poetas?
-Una desintegración de la nebulosa cultural añeja, o sea de la nebulosa anterior. En ese sentido, mi trabajo es eminentemente político, y debería operar en un plano muy efectivo. Un antipoema en este senlido no es más que la punta de un alfiler que toca un globo que está por reventar. Se renuncia definitivamente a la escala de valores que nosotros heredamos de nuestros abuelitos. En este sentido es que yo puedo ser considerado como un poeta revolucionario, y con una R bien grande, y no con b larga sino con una v bien corta, pero muy aguda y penetrante.

-Después de todo, te reconoces un poeta político.
-Poeta político sí, pero no un poeta politiquero.

-De política profunda, entonces.
-¿Qué es la cultura, en último término, sino un proceso político superior? Creo que era Aristóteles quien decía que el hombre era un animal político. La política, concebida en esos términos, evidentemente no puede estar ausente en ninguna obra de creación que se estime.

-¿A ti de todos modos te importa la comunicación con el lector?
-Me parece indispensable. Me parece que el lector-interlocutor debe darse por aludido, porque ésta es una poesía que siempre está dirigida a un interlocutor, no a un interlocutor equis sino a un sector, a una parte de todo interlocutor posible; de modo que si no se produce la comunicación, yo me siento profundamente deprimido, me parece que he fallado. Los poemas no son monólogos, sino parlamentos de un diálogo.

-¿Tú consideras la comunicación indispensable en tu poesía, por la calidad especial de ésta, o la consideras indispensable para todo poeta?
-No tan sólo para todo poeta. Me parece que la actividad central del ser humano debiera ser la comunicación. ¿Dónde se siente existir el hombre? ¿En qué espacio existe el individuo? En el espacio del interlocutor: en los ojos del interlocutor, en el rostro del interlocutor, en el tono de la voz del interlocutor. Allí es donde realmente se siente existir; el interlocutor es un espejo del sujeto que habla. De manera que el interlocutor es para mí un elemento sagrado, que no tiene que ver sólo con el trabajo literario sino también con la presencia del hombre en este mundo.

-¿Qué importa más para un escritor de hoy? ¿La vanidad o la modestia?
-No sé lo que es la vanidad, ni la modestia. Tengo concepciones muy generales, muy abstractas de estas palabras. La naturalidad es lo que realmente cuenta.

-¿Con su zona de vanidad y su zona de modestia?
-Eso es. Creo que si nos esforzamos demasiado en ser modestos, corremos el riesgo de ser falsos.

-O corremos el riesgo de ser vanidosos.
-Exactamente: de caer en una vanidad de grado superior. De manera que lo que yo recomendaría es más bien un esfuerzo por ser naturales, por soltarse y por ponerse en el lugar del interlocutor. De lo que estoy seguro es de que no debemos fomentar en nosotros mismos, ni en nadie, el culto de la personalidad; no porque lo considere una mounstruosidad política, sino porque el sujeto que está dispuesto a endiosar a su interlocutor, se niega a sí mismo: así como el sujeto que se endiosa, también se está negando a sí mismo. Me parece a mí que la vida consiste en el toma y quita del diálogo.

-Una última pregunta: ¿qué opinas de la candidatura de Pablo Neruda a la presidencia de la república?
-Ojalá que esa candidatura fructifique; desde luego cuenta con mi apoyo incondicional. Sería formidable que los poetas llegaran al poder alguna vez. Claro que sería aconsejable que detrás de los poetas estuvieran los políticos sustentando al poeta. Neruda es un hombre que merecería llegar a la presidencia, porque él ha pensado y trabajado políticamente durante toda su vida. Además pertenece a una colectividad política que es realmente una colectividad, y no un conjunto de individualidades. Bueno, yo no soy un político específico y reacciono en estos casos más bien por simpatías personales, y también por simpatías de tipo gremial.